Y yo también te quiero (parte 1)

Me pones el desayuno en la mesa con la misma sonrisa de anoche cuando acabamos de discutir. Pensé en pedirte perdón esta mañana, pero veo que no hace falta, que has entrado en razón. Eres tan terca, a veces. ¿Cuándo comprenderás, de una vez, que mis necesidades de sexo son diferentes a las que encuentro en casa contigo? Pero sabes que te quiero solo a ti.

Te pones detrás y acaricias mi pelo mientras sorbo el café de mi taza favorita, con el punto justo de azúcar, cómo me conoces y qué bien me cuidas. Es entonces cuando siento una presión helada en la nuca y, en un instante, me viene a la mente las veces que te he visto engrasar la pistola de tu abuelo, de cuando la guerra, tras la puerta entreabierta del desván. Descubro, en este mismo segundo, que la sonrisa que te suponía no es más que una mueca de dolor tras el bofetón que tuve que darte en la boca anoche, y reconozco ese clic metálico… es el sonido del percutor…

 

Francisco J. Berenguer