La química aplicada

Llueve con fuerza… lloverá… y tú dirás que no hace falta que me vaya, que no me entiendes.

El café frío, como tu mirada, como el gélido espacio que se abrirá entre los dos. Me sorprenderá que no se forme vaho cuando respiremos.

Recuerdo lo que pasará mañana. El alcohol no combina bien con los antidepresivos, ya me lo dijiste ayer, que será hoy, mañana. Recuerdo tus palabras como si ya las hubieses escupido sobre mí, palabras de desprecio y rencor, de dolor fermentado en tu estómago, como las larvas blancas y repugnantes que digieren cadáveres en las tumbas.

Suena/sonará Puccini, los domingos te gusta despertar con ópera. La cabeza me dolerá horrores y tú no dejarás de gritarme, y veré tu lengua retorcerse en tu boca esforzándose por crear insultos cada vez más agudos y punzantes (cuidado no te tragues un dardo ponzoñoso) “O mío babbino caro”, la música es preciosa y tú no llevas el puto ritmo, no sigues la melodía.

No sé qué te dije/te diré esta noche, o qué coño haré para que estés así… ¿he dicho ya lo del alcohol y los antidepresivos?

La cuestión es que recuerdo lo que pasará. No como una visión del futuro, es como si ya hubiese sucedido… o está sucediendo ahora… ¡Joder! ¿me llevo un paraguas?

Ahora es “Madama Butterfly” quien entra en el baño y me hablas, y no sé por qué tienes toda la cara pintada de blanco como una actriz japonesa en una tragedia japonesa y yo estoy en el suelo, frente al retrete, y con hilillos de vómito todavía colgando de mis labios.

Te digo que ya me voy, que cojo el paraguas y me voy, y tú mientras me limpias la boca con una toalla me dices ¿pero dónde vas a ir ahora, alma de cántaro?

Me ayudas a ponerme en pie, estoy tiritando y la cabeza me pincha de dentro hacia fuera, como si se me hubieran introducido la corona de espinas de la talla de madera del Jesucristo que barnicé en quinto de EGB. Ahora te miro y te pareces a Doña Amalia, mi profesora del cole. Estoy muy mal.

Me apoyo en ti para ir desde el baño hasta la habitación y casi no puedo andar, como si fuera un viejo de noventa años con artrosis, sífilis y migrañas. Solo se me ocurre decirte al oído que me perdones si te he dicho algo que no debía, o que te diré o que te dije o que… ¿qué demonios hace Plácido Domingo vestido de frac cantando en el salón?

 

Francisco J. Berenguer

En cuerpo ajeno

A veces parece que la tierra gira en dirección contraria a la que estamos acostumbrados, como si un día te levantas de dormir y alguien hubiese alterado la posición de todos los muebles de tu casa, como si a mitad del juego te cambian las reglas. Y te sientes desubicado, perdido, asustado, como recién despertado de una pesadilla, o peor aun, como si continuases en ella.

La percepción del tiempo es totalmente relativa, cautiva de nuestra propia experiencia y prisionera de nuestros limitados sentidos humanos sin sentido, en los que la evolución parece complacerse en hacernos tan ridículamente imperfectos, y se descojona de nosotros cuando nos denominamos los seres más complejos de la creación. Imagen de dioses imaginarios.

Ocurrió ayer, mientras esperaba que su familia terminara de cantar la típica canción de cumpleaños, al levantar la mirada de la tarta y la vela que conmemoraba sus cincuenta y cinco vueltas completadas alrededor del Sol, y se vio reflejado en el cristal de la ventana que tenía enfrente.

Fue un reflejo difuso, de esos que producen los cristales de las ventanas cuando la oscuridad de fuera permite que la luz del interior los convierta en aprendices de espejos, pero fue suficiente. Vio a un extraño de pelo cano y barba blanca, vio alguien que no era él, o al menos la percepción que él tenía de sí mismo. Quería apartar la mirada, concentrarse en el momento, beber del cariño que le ofrecía su gente, pero notaba su presencia de invitado sin invitar, de fugitivo colado en fiesta ajena. Intentó olvidarlo, apagó la tenue llama y todo fue una explosión de aplausos y felicitaciones, besos, fotos y algún regalo. Y la celebración continuó con placentera normalidad, como debe ser.

Qué extraña sensación la de comprobar que tu imagen, la que los demás ven de ti, no se corresponde con la que tú tienes en mente.

Esto le recordó unas frases que leyó hace ya un tiempo en el libro “La inmortalidad” de Milan Kundera: “Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que sólo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad…”

 

Francisco J. Berenguer

Agua y tú

Me miras y sonríes

de la manera más hermosa que recuerdo

Porque cada sonrisa es única

como las huellas dactilares

¿Cuánto se puede vivir sin comer?

¿y sin beber?

¿cuánto podría sobrevivir sin ti?

Te das la vuelta en la cama y te acercas

y tus curvas encajan en las mías

reconocimiento de piel,

de tacto y aroma.

Tu sensual movimiento despierta mi pasión

el roce de tu cuerpo bajo las sábanas

un tierno gemido susurrado

de placer contenido

Tímidamente nos sorprende el amanecer

Me levanto y pacto con las cortinas

para que prolonguen la madrugada

¿necesitas algo? te pregunto

Agua y tú… me dices

me miras y sonríes.

 

Francisco J. Berenguer

Conjugándote

Soy tu tiempo indefinido

tu pretérito imperfecto repleto de manchas y tachones

de renglones vacíos

entre lineas manuscritas de apresurada letra.

Soy tu lágrima contenida

la que no llega a brotar

la más amarga.

Quisiera aliviarte la tensión de la espalda

abrazarte por detrás, sigiloso

y erizar tu nuca con un beso.

Me gustaría sentirme verbo en tu boca, crecer

y ser conjugado por tu lengua y tus labios

notar como tu saliva resbala por mi piel tersa

y ver en tu mirada el placer

como el infinitivo mejor compartido.

Quisiera descifrar tus señales una vez más

y detenerme en los puntos donde te estremeces.

Sentir en mi piel, tu piel y tus fluidos

tus silenciosos jadeos

el temblor de tu cuerpo

cuando alcanzas el paraíso.

Quiero que me dejes acariciar tus heridas

las del alma y tu vientre

besar tus cicatrices 

llorar por lo que perdimos

y ver lo que podemos salvar

entre las ruinas del desencuentro.

Quisiera hacer que nuestro futuro

sea más perfecto que incierto

y que amarnos

sea el indicativo de nuestro presente.

 

Francisco J. Berenguer

Mi tiempo imperfecto (parte 2, final)

Conforme te acercas notas algo extraño en él, no sabes exactamente qué es, quizá la forma en la que está sentado, te recuerda a un maniquí, como si alguien lo hubiera colocado así en una posición algo forzada y no pudiera moverse a voluntad. Su cuerpo había cambiado, era un hombre corpulento de más de uno ochenta, moreno, fuerte, y quien estaba allí sentado parecía más un anciano y él estaría rondando los cincuenta y siete o cincuenta y ocho, calculas, porque sabes que te llevaba unos diez años de ventaja a ti.

—Tan hermosa como te recordaba —dijo Rubén y, aunque la voz era débil, la reconociste de inmediato. Su profundidad, su cadencia, ese tono que todavía tenías grabado sin tú saberlo en algún lugar de tu memoria te aceleró el corazón en un segundo— Perdona que no me levante, como ves, no estoy en mi mejor momento.

Te hace un ademán con la mano derecha, la que tiene sobre la mesa de plástico, para que te sientes enfrente, hasta ese leve movimiento es lento, como si le pesaran sus huesos, con dolor. Tú te aproximas a él y le das un beso en la cara, muy cerca de esos labios que hace años recorrieron tu cuerpo de la manera más tierna y delicada, y hoy están deshidratados, sin apenas color.

—No merezco tus besos —dice, siguiéndote con la vista, mientras te sientas.

Os quedáis unos segundos sin articular palabra alguna. Con la mirada clavada en los ojos del otro, como queriendo atravesar la carne para contemplar el alma, la esencia, lo inmutable. Alcanzas su mano con la tuya y acaricias esa piel, prematuramente envejecida.

—¿Pero qué te ha… qué te pasa? ¿Por qué?

—La vida me abandona, Mónica… —escuchas pronunciar tu nombre con esa dulzura con la que solo Rubén podía aderezarlo y te transporta en el tiempo, a cuando después de él seguía un “te quiero”. Un incómodo escalofrío recorrió tu espalda— mis órganos no quieren seguir funcionando, mis músculos no me obedecen, mis huesos no quieren sostenerme, mi cuerpo me aborrece, desea abandonarme… y lo entiendo, no he sido buen compañero de viaje… para nadie.

—No digas eso… —aprietas su mano y notas su fragilidad.

—He hecho daño a mucha gente. —interrumpió y sientes su tensión en tus dedos— Te he hecho daño a ti. Ese es el motivo por el que quería verte —se echó para atrás para apoyarse del todo en el respaldo de su silla y viste una fugaz mueca de dolor en el rostro, su mano se deslizó bajo la tuya, tan solo os rozáis ahora con la punta de los dedos— Quería pedirte que me perdonaras, y darte las explicaciones que te debo. Quería hacerlo a la cara, viendo tus ojos, verte una vez más antes de morir.

—Hace tiempo que te perdoné. Rubén, eres el hombre que más he amado en mi vida, creo que nunca he dejado de amarte —tú misma te sorprendes al escuchar lo que dices, pero es exactamente lo que sientes en ese momento, quizá lo que siempre has sentido y lo enterraste un día en algún profundo lugar para que no doliese tanto.

Rubén comenzó a hablar y te pareció que el tiempo dejó de existir…

Hace rato que se marchó. Antes te pidió que te fueras tú primero porque no quería que vieras lo lamentable y ridículo que iba a ser cuando lo ayudaran a levantarse de su asiento y lo trasladaran al coche, siempre había sido un presumido y pretendía conservar su dignidad, y creía que su enfermedad le hacía perderla, lo avergonzaba. Un hombre, al que habías visto sentado en una mesa próxima aparentemente ajeno a vosotros, se acercó con una silla de ruedas y esperó a que te alejaras.

Tú no lo pudiste resistir y a una veintena de pasos te volviste para mirar desobedeciendo su petición, como la esposa de Lot, pero no te convertiste en estatua de sal, ni de piedra, aunque lo hubieses deseado, porque en ese momento todas las moléculas de tu cuerpo se descompusieron de sufrimiento y dolor, porque pensabas que de un momento a otro te ibas a deshacer y reducir a un pequeño montoncito de polvo que el viento dispersaría y te haría desaparecer. Pero nada de eso ocurrió, cerraste los ojos y seguiste tu camino.

Te contó su historia que era la tuya también. Te confesó que cuando te conoció estaba comprometido con una mujer allí, en un pueblecito de Ávila en donde había nacido. Dijo que se conocieron de pequeñitos, en la escuela, y desde entonces estaban juntos. En pueblos como el suyo suele pasar eso, te comentó, van creciendo y todos los ven ya emparejados, la gente, los amigos, los padres de ella, los padres de él. Hasta ellos mismos asumen como normal e inevitable que serán novios y formarán una familia.

Fue en el bar del campus donde os visteis la primera vez, tú estudiabas filosofía y a la empresa de carpintería que tenía Rubén la había contratado la universidad para restaurar y reparar las tarimas de todas las aulas. A ti te pareció mayor y muy atractivo, para él tú fuiste la encarnación de una diosa. Recuerdas que te reíste mucho al confesártelo días más tarde cuando, inevitablemente, comenzasteis a hablar.

Él se quedaba entre semana a dormir allí cerca, en un hostal, y los fines de semana se iba a su pueblo del que nunca te dijo su nombre. Fueron más de cuatro meses en los que os veíais a diario, tiempo suficiente para conocerse, para enamorarse, para que os aprendierais de memoria. Para ti fue la primera experiencia, el primer hombre, el descubrimiento del sexo, el primer amor… o el único, te preguntas a veces.

Sigues caminando sin saber realmente donde te diriges. Te das cuenta que estás en un parque en el que una frondosa y centenaria arboleda llena de sombra el paseo. Te sientas en un banco de madera y vuelves a escuchar en tu mente las palabras de Rubén dándote todas las explicaciones y razones por las que desapareció de tu vida, pero ya no te hacía falta saberlas, ya había pasado su tiempo. Al principio sí, te preguntaste millones de veces por qué, lo odiaste, te odiaste a ti, lo quisiste olvidar, lo pasaste muy mal durante mucho tiempo. Esperabas verlo aparecer en cualquier momento, imaginabas encuentros y los recreabas en tu mente. Viviste a medias la realidad de tus días, preferías soñar que vivías. Pero el tiempo fue pasando y llegaste a aceptar lo sucedido. Decidiste guardar el recuerdo en el lugar de las cosas hermosas que pasan una vez en la vida en lugar de acumularlo en el rincón oscuro de las frustraciones y los fracasos. Y allí residió hasta ahora.

Te ha contado como cuando se decidió a dejar a la chica de su pueblo, ese último fin de semana antes de abandonarte, ella le dio la noticia, entre alegre, asustada y preocupada, de que estaba embarazada. Todos sus planes dieron un giro radical desde ese momento. Su honor, su orgullo, su responsabilidad como hombre le obligaban a quedarse con ella, a continuar el destino que trazaron por él desde niño. Renunció a lo que más quería, renunció a ti. Y Rubén también vivió a medias su realidad y soñaba cada noche con una vida junto a ti.

Te sientes muy alterada, notas tu corazón acelerado golpeando tus sienes e intentas respirar como te enseñaron en clase de yoga, pero no puedes, tienes el llanto obturando tu garganta.

Rubén se casó en el pueblo, con su chica, tuvieron un niña y todos fueron felices menos él. Reconoce su cobardía ante ti, lo mal que lo hizo, las veces que se arrepintió, su tormento.

Pasaron unos años y el matrimonio como el noviazgo, como toda su vida juntos, fue tan plano y sin lugar a la sorpresa y a la pasión que terminó por desgastarlos. El aburrimiento y la indiferencia se instaló en cada habitación de su casa, en cada mueble, en cada canal de la televisión que miraban juntos desde el sofá mientras que cada uno imaginaba otro tiempo y lugar, otra compañía, otra vida.

Cuando al fin se divorciaron y fue a buscarte, tú ya estabas casada y embarazada de tu primer hijo. No quiso interferir en el mundo que habías construido sin él, se mantuvo al margen, no era justo, pensó. Estuvo un tiempo observándote en la distancia, semanas, meses, como un cazador furtivo de sentimientos, esperando descubrir en ti algún atisbo de tristeza. Pero nació tu bebé y te sintió feliz y plena. Entonces se marchó lejos, lo más lejos posible en la distancia, como si el amor entendiese de kilómetros.

Te habló de lo que hizo, de sus viajes, de su suerte y de su infortunio, de las mujeres en las que te buscó, de sus desengaños y sus delitos, de la mala gente que había conocido y también de la buena, la que en esta última etapa de su enfermedad le estaba ayudando.

Tú apenas escuchabas el contenido de lo que decía, te quedabas con la musicalidad de su voz, aunque a veces le faltaba el aliento para terminar alguna frase. Te perdías en sus ojos en los que te parecía descubrir el brillo que un día tuvieron. Y tu corazón se encogía a cada segundo porque sabías que se acercaba el final, la despedida que nunca tuviste, la seguridad de que algunos de tus sueños nunca se cumplirían.

Ahora, sentada en aquel banco, intentas normalizar tu respiración, reordenar tu mente, sabes lo que tienes que hacer, lo has hecho muchas veces a lo largo de tu vida. Pretendes controlar ese dolor tan intenso y enterrarlo bajo el peso de lo cotidiano, de todo lo que hay que trabajar para mantener una familia, no te puedes permitir el lujo de desestabilizarte ahora, tus hijos te necesitan, no tienen a nadie más.

Es mi tiempo imperfecto” te dices. A lo largo de tu vida siempre te ha fallado. Todo te ha sucedido a destiempo, tienes la impresión de que nada ha coincidido adecuadamente en su momento preciso. Siempre has llegado tarde o demasiado pronto. Hasta sorprendiste a tu madre al nacer a los siete meses, tu tiempo se trastornó desde ese instante y crees que todavía sufres las consecuencias. Te ríes de quien dice que todo sucede cuando tiene que suceder, y que si no pasa es que no estaba destinado para ti, de quien afirma que el tiempo pone a cada cosa y a cada uno en su lugar, de que el tiempo todo lo cura… te ríes, porque tu tiempo va por libre, no atiende a normas ni refranes.

Limpias tu cara de lágrimas, te levantas, comienzas a caminar y notas que todo te pesa, por primera vez dudas de ser la mujer fuerte que puede superar cualquier situación, te sientes muy cansada, mucho. Una suave brisa te acaricia el rostro y, de momento, todo se organiza en tu cerebro con increíble precisión: tienes que pasar por el banco para recoger una tarjeta nueva porque la tuya  caduca este mes, hace falta leche, patatas, no sabes si pasar por el ambulatorio para pedir cita para tu pequeña, pero decides esperar para cuando vuelva del colegio y comprobar si la tos persiste, llamar al seguro de la casa…

 

Francisco J. Berenguer

En silencio

Que calle la luz y las sombras la amordacen

que calle el tiempo y cada segundo se pierda en el abismo

que calle Dios, aunque nunca me haya hablado

que ni la lluvia suene al caer, en mi piel cada gota duele

que calle el silencio que ensordece, que oprime, que angustia

No quiero ánimos, ni ayudas, ni esperanzas

la vida no me ha tratado mal

yo la he maltratado a ella

me lo dio todo, confió en alguien que no pidió existir

alguien que no quería aprender,

que no quería amar, que no sabía

Extraño al nacer, huérfano de alma, de ser

desprecié placeres y me refugié en el dolor

en mi oscuro mar interno, espeso como petróleo

Que callen las voces de la conciencia

que calle el viento, que no silbe por mis grietas

que exhalen mis pulmones su último aliento

que se apaguen los latidos de un corazón ignorado

El albergue de una tumba húmeda y profunda

una lápida de mármol sin fecha ni nombre

de alguien que nació y murió

pero que apenas ha vivido…

Que callen las plegarias, no son bien recibidas

que callen las palabras en tus labios

y llora, si te place

las lágrimas no hacen ruido.

Francisco J. Berenguer

Desapego. — Matahari

Dejar ir, soltar, desapegarse. Hemos escuchado innumerables veces estas palabras, estas tres palabras que suenan tan simples pueden resultar sumamente difíciles de hacer. Lo que sucede es lo siguiente; desde que somos chicos estamos condicionados a aferrarnos a las cosas, a las personas a todo aquello que consideramos cercano y nos hacen sentir seguros […]

a través de Desapego. — Matahari

Mi tiempo imperfecto (parte 1)

Suena el despertador y te levantas rápido, sin pensar ni concederte unos minutos al plácido retoce entre sábanas, como un militar de postguerra al toque de diana, como una madre colmada de responsabilidades y millones de cosas por hacer.

Caminas medio sonámbula por el pasillo, con la bata a medio anudar, hacia la habitación de tus hijas para despertar a la mayor, la pequeña todavía puede dormir un poco más.

Es viernes, día de colegio.

Un ligero beso en la frente y la niña se despierta iluminándote con sus tiernos ojos claros. Ya sabe lo que tiene que hacer, primero ella se prepara y luego intenta espabilar a su hermana con algún juego o una canción y la ayuda a vestirse. Tú la miras y en la cama de al lado te cuesta distinguirla entre el revoltijo del edredón, su cuerpecito y los muñecos.

Vas a la habitación de tu hijo en el momento que éste sale de ella, en ropa interior.

—¿No tienes frío?

—No, mamá.

¿Cómo va a tener frío? Diecisiete años, fuerte, deportista y con las hormonas en plena ebullición. Sabes que lo has descuidado un poco, no por gusto, es el mayor y ha tomado bien el rol, ¡qué remedio!

Él se dirige al baño pequeño mientras que tú te metes en el grande, como todos los días. Mientras te aseas tu mente comienza a funcionar. No necesitas agendas, todo se organiza en tu cerebro con increíble precisión: el desayuno, los almuerzos de las chicas, darle dinero al mayor porque él prefiere comprarse un bocadillo en el bar del instituto. La rutina de todas las mañanas, aunque sabes que hoy no es un día normal, lo sabes desde que te has levantado, lo notas en ese hormigueo en el estómago, esa tensión en los músculos de tu abdomen.

Todavía parece que dudas si vas a acudir o no a la cita, pero sabes que sí irás. Llevas días imaginando cómo será, por tu mente han pasado todas las situaciones posibles, hasta las más absurdas.

Te miras en el espejo del baño y te dices que tenías que haber ido a la peluquería… y esa cara de sueño, esas ojeras, todo lo que ves te disgusta y te pones más nerviosa aún. Necesitas tiempo, ¿a quién se le ocurre quedar tan temprano?

Abordas a tu hijo cuando sale del baño a medio vestir y le pides por favor que acerque él a las niñas al colegio, que no te encuentras muy bien. Accede con un gruñido y tú le plantas un sonoro beso en la mejilla. Él se hace el hombrecito y aparenta que le molesta esa muestra de afecto.

—¡Mamá… ! ¿era necesario?

Tú sonríes y le das otro beso, ahora más tierno.

—Sí, cariño, es necesario.

Despides a tus hijos en la puerta, te preocupa un poco la tos de tu pequeña, pero ya has comprobado que no tiene fiebre, cuando vuelva del colegio la controlarás, no será nada. Pero ahora es tu momento, tienes que dedicártelo a ti, a arreglarte, a ponerte guapa y atractiva, que sabes que lo eres, a dejar de sentirte más madre que mujer. Llevas año y medio, desde la separación, que te has dedicado por completo a tus hijos sin darte un descanso, probablemente lo necesitabas para evitar pensar que habías fracasado en tu matrimonio, como si la culpa fuera tuya de que el cerdo de tu marido te cambiase por una chica mas joven, con más culo, más morena y más venezolana.

No quieres pensar en eso. Te metes en la ducha, abres el grifo y cierras los ojos dejando que el agua tibia limpie tu cuerpo y de pensamientos negativos tu alma, todo resbala y se pierde por el desagüe.

Fue hace dos semanas cuando Rubén contactó contigo a través de Messenger. Te sorprendió tanto que tardaste dos días en responder al mensaje. Rubén había sido tu primer novio ¿hace cuánto? ¿veintiséis, veintisiete años? Y no habías sabido nada de él desde entonces, desde que tras una tonta discusión que ya ni te acuerdas el motivo, desapareció sin más. Sin despedirse, sin excusas, ni una llamada, nada… hasta esas palabras en el móvil, de hace unos días, en las que te pedía que os vierais si lo considerabas oportuno. Accediste, aunque nunca te había parecido una buena idea, ni siquiera ahora, mientras buscas en el armario algo adecuado que ponerte.

La cafetería del gimnasio al que vas a nadar, no se te ocurrió en ese momento otro sitio donde quedar, la verdad es que hace tanto tiempo que no sales ni a tomarte una cerveza con las amigas que no conoces muchos más lugares apropiados. Hacia allí te diriges nerviosa, sin saber que esperar de aquello.

Lo distingues de lejos sentado en la terraza, hace buena mañana, septiembre es un buen mes…

-continuará-

 

Francisco J. Berenguer

Y yo también te quiero (parte 2)

“y reconozco ese clic metálico… es el sonido del percutor…”

Pero seguidamente no se escuchó ninguna detonación, ningún disparo. Ninguna bala atravesó su cráneo esparciendo sus sesos sobre el desayuno.

Carla lo rodeó desde atrás, se puso delante de él y estampó la pistola con furia sobre la mesa. Todo tembló por la fuerza del impacto. La cucharilla y el cuchillo de untar brincaron y se mantuvieron una milésima de segundo en el aire, la taza se tambaleó y derramó parte del café sobre el blanco inmaculado del mantel, el paquete de galletas se derrumbó y una se escapó rodando hacia el borde de la mesa haciéndose pedazos al llegar al suelo.

Pablo seguía sentado en la silla con los ojos cerrados, paralizado, con el asombro y el miedo que produce el haber sentido la muerte tan de cerca helándole la sangre.

—¡Mírame! —le gritó poniendo su rostro a escasos centímetros de él— ¡he dicho que me mires!

Él levantó la mirada lentamente y contempló su cara magullada. Tenía el párpado izquierdo hinchado y el blanco del ojo teñido de rojo. El labio inferior amoratado y la boca deformada en un gesto de dolor continuo, de amarga tristeza.

—Pensé en introducir dos balas —dijo con rabia serena y contenida— la duda era qué volarte primero, si los huevos o tu miserable cabeza. Enseguida me decidí por lo primero para que vieras destrozada la parte de ti que más aprecias, lo que te hace sentir superior, lo que te endiosa… lo que te hace despreciable.

Ella cogió el arma y se encañonó su propia sien.

—También tuve la idea, casi la necesidad, de quitarme la vida. Mil veces estuve a punto mientras engrasaba con paciencia todas las piezas de esta preciosa pistola. Pero comprendí que lo que necesitaba era alejar mi vida de ti, no perderla para siempre. No vales la pena. No vales nada ya para mí.

Carla volvió a dejar la pistola en la mesa de golpe, rodeó la mesa y se detuvo al otro lado, frente a Pablo, sin quitar de sus ojos la mirada y con tal decisión y confianza que lo sorprendía a él tanto como a ella misma. Pablo se dio cuenta en ese momento de que estaba vestida y no con el pijama y la bata de todas las mañanas. Llevaba puestos esos vaqueros elásticos negros y ese suéter ajustado, justo con lo que él le decía que no saliera a la calle, que era una provocación.

—¡Escúchame! —gritó, y sintió un pinchazo en el labio herido. Pablo seguía sin reaccionar y ella quiso aprovecharlo— Podría ir a la policía ahora mismo y denunciarte, podría haberlo hecho mucho antes, pero no sé por qué conservaba la absurda idea de que cambiarías, creía que el amor que sentía por ti era capaz de todo, incluso de transformarte en un hombre cariñoso, pero lo único que cambiaba era yo. Era yo la que me iba adaptando a tu miserable trato, disculpando tus vejaciones y tus idas y venidas, incluso que me usaras de excusa para justificar tu afición a ir de putas y, encima, me hicieras sentir culpable.

Carla se dirigió a la habitación con paso decidido y salió de ella a los pocos segundos con su bolso y el abrigo plegado sobre el brazo izquierdo.

—Me voy, pero no te preocupes, no te voy a denunciar, no quiero estar unida a ti ni por lo mas mínimo. ¿Ves qué tonta? Ni siquiera voy a joderte la vida porque eso supondría ir a declarar, abogados, ver tu asquerosa cara en el juicio y lo único que quiero es que desaparezcas de mi vida ¡YA! —ese último grito resonó en la cocina y por todas las habitaciones de la casa, hasta ese día los únicos gritos que se habían escuchado eran los de él, mientras que de ella solo quedaban vestigios de sollozos mudos y contenidos— Voy a estar fuera unas horas y cuando vuelva no quiero verte aquí. Recoge tu ropa, tus cosas, lo que creas que tienes que llevarte, no me importa, hasta la puta cafetera nueva, lo que sea, pero vete… para siempre. —Carla, entonces, rebajó el tono de voz por primera vez— Por favor, si todavía te queda algo de decencia y sensatez, si todavía queda algo del hombre del que me enamoré, no me obligues a dar el siguiente paso, no será bueno para ninguno de los dos.

Pablo seguía callado, estaba tan aturdido todavía como sorprendido por aquella reacción tan inesperada. Carla creyó ver como los ojos de él se llenaban de lágrimas ¿de arrepentimiento, de humillación, de ambas cosas? Tampoco le importó demasiado.

—Creo que está todo claro —terminó ella por decir dando media vuelta y dirigiéndose a la entrada— tienes todo el día, cuando vuelva esta noche cualquier resto de tus cosas las tiraré, las quemaré o las mandaré al infierno.

Salió de casa y cerró dando un portazo tras de sí.

Se quedó unos instantes parada, parecía que las piernas le iban a fallar si daba un paso, tenía la respiración agitada y sentía el corazón latir con fuerza, sobretodo en las zonas doloridas. Fue el dolor lo que le hizo reaccionar y comenzó a bajar las escaleras del primer piso que la separa de la calle, de la libertad.

Agradeció que el frío aire de diciembre refrescara su congestionado rostro, no tuvo necesidad ni de ponerse el abrigo.

Lo había conseguido. Al menos la primera parte del plan que llevaba tiempo elaborando. Ella creía que había superado lo más difícil, y con matrícula de honor. Por primera vez se permitió sonreír esa mañana mientras caminaba por Madrid.

Sabía que Pablo no se iba a ir de la casa, pero había conseguido ganar tiempo para conseguir su propósito. Sentía como el miedo iba desapareciendo poco a poco de su cuerpo mientras le inundaba la confianza en sí misma.

Volvía a ser ella de nuevo y, por supuesto, se iría lejos de allí, volver a la casa que acababa de abandonar no entraba dentro de sus planes…

-continuará-

 

Francisco J. Berenguer

Y yo también te quiero (parte 1)

Me pones el desayuno en la mesa con la misma sonrisa de anoche cuando acabamos de discutir. Pensé en pedirte perdón esta mañana, pero veo que no hace falta, que has entrado en razón. Eres tan terca, a veces. ¿Cuándo comprenderás, de una vez, que mis necesidades de sexo son diferentes a las que encuentro en casa contigo? Pero sabes que te quiero solo a ti.

Te pones detrás y acaricias mi pelo mientras sorbo el café de mi taza favorita, con el punto justo de azúcar, cómo me conoces y qué bien me cuidas. Es entonces cuando siento una presión helada en la nuca y, en un instante, me viene a la mente las veces que te he visto engrasar la pistola de tu abuelo, de cuando la guerra, tras la puerta entreabierta del desván. Descubro, en este mismo segundo, que la sonrisa que te suponía no es más que una mueca de dolor tras el bofetón que tuve que darte en la boca anoche, y reconozco ese clic metálico… es el sonido del percutor…

 

Francisco J. Berenguer

Antes de la medianoche

Cuando estuve en calma elegí mis miedos

los cubrí de sombras

los escondí bajo la cama.

De niño los miedos se adhieren a la piel

sin poder evitarlo

como si fuera el precio por la inocencia.

Ahora es distinto

tú temes a lo que quieres temer

de lo que te gusta refugiarte

de lo que usas como pretexto

o a lo que más deseas.

Pero existe un miedo que no se presta a elección

un miedo adulto que te va calando

como lluvia fina, casi sin sentir.

El temor a la soledad

no a estar solo

a la soledad eterna

la angustia de sentir

que cuando te vayas definitivamente

nadie te eche de menos…

 

Francisco J. Berenguer

 

 

 

 

Miriam

Me voy.

No huyo de ti, no creas. La huida es de mí misma, porque si continuara siendo yo, nunca conseguiría dejarte.

Mañana encontrarás el apartamento vacío, tal y como yo lo he sentido todo este tiempo. Es necesario. Es lo mejor para los dos. Para ti, para mí, para tus hijos, para tu mujer. Todos salimos ganando, aparentemente.

Es curioso como se transforma, como se moldea la forma de sentir el amor en nuestro interior. Tiene etapas de posesivo, de excluyente, de ser la única. Y otras es como más sereno, más auténtico quizá, es pretender la felicidad para ti, la persona que más quiero en este mundo, aunque no estés a mi lado.

Te he amado de todas las formas posibles, incluso ahora, que me alejo de ti. Este, aunque te resulte difícil creerlo, es el mayor acto de amor.

He estado mucho tiempo sola esperando los momentos que podías robarle a tu familia para venir conmigo. Yo lo acepté, sí. Me lo dejaste claro desde el principio. Firmé el contrato en tu piel con mi saliva, sin leer la letra pequeña. Me pilló sin las gafas de cerca. Es lo que tiene cerrar tratos desnudos, en el caótico paraíso blanco de unas sábanas desordenadas, con el sudor y el placer todavía resbalando entre los muslos. Asumí los riesgos.

No sabía, entonces, que me iba a enamorar de esta manera tan insaciable y descarnada, tan sublime, transgresora…

Te quiero. Solo eso, pero eso es todo. Mi vida se basa en ti. Tú eres mi referencia, mi punto de apoyo si decidiera mover el mundo. Mi destino. Todo lo demás pierde su valor, como una moneda devaluada, como prendas baratas que destiñen al lavarlas. Y sé que cuando te abandone el mundo será como una fotografía en blanco y negro, que tiene su encanto, sí, pero se pierden los matices.

No conté con el sufrimiento, con la soledad, con la espera eterna donde cada latido duele. Ya no puedo seguir así. Me estoy volviendo loca en esta casa donde todo me sabe a ti. Esta casa eres tú.

¿Sabes? Muchas veces ponía dos tazas para el desayuno en la mesa. Lo hacía de manera consciente, me ayudaba a imaginarte sentado al otro lado, con cara de sueño, bostezando y despeinado, mojando galletas en el café con leche, de esas que se rompen y caen en el tazón salpicándolo todo, como un crío.

Pero casi nunca estabas a esas horas, ni tú, ni migas, ni leche derramada. Sabía que estabas con ella, la mujer que elegiste para casarte y con los hijos que te dio, en otra mesa, en otra casa…

Siempre supe que no romperías con ella. Me quise engañar de mil formas distintas, quise creerte, pero en el fondo lo sabía… y tú sabes que lo sabía.

Nunca pretendí convertirme en la clásica amante clandestina de un hombre casado, pero eso es lo que soy y no me gusta el papel. Si no te quisiera tanto me hubiese ido hace mucho y ahora me voy, precisamente por eso, porque te quiero todo.

Me alejo de ti para que vivas sin la culpa, sin la necesidad de mentir, sin la pesada carga del engaño. Te dejo libre de mí para que dediques tu tiempo a la vida que elegiste antes de conocerme, críes a tus hijos con la estabilidad que se merecen, cuides a esa mujer que te ama tanto y que sé que tú también la quieres… ellos no merecen ser los daños colaterales de nuestra historia.

Y, si algún día, todo cambia y quieres buscarme sé que me encontrarás y quizá, quién sabe, el destino sea menos cruel con nosotros.

No te preocupes por mí, soy una superviviente y sabré salir adelante. Sé que el dolor va desapareciendo poco a poco, aunque ahora parezca imposible. Eso espero.

Conocerte ha sido el mejor regalo que me ha dedicado la vida. Lo que hemos sentido, lo que sentimos el uno por el otro, hay gente que ni en mil vidas podría llegar a sentir. Somos unos privilegiados, lo sabes.

Cae la noche y hace frío.

Dos maletas y un bolso de mano, los ojos inundados de lágrimas y un taxi al aeropuerto. Todo lo que me llevo ocupa poco porque allí, junto a ti, sigue estando la parte de mí que nos hace eternos.

 

Francisco J. Berenguer