Mi pequeña adicción

¿Existe algún límite para el sufrimiento?  

No sé, algo, una línea imaginaria, un tope que te pegue en la cabeza cuando te intentes volver a levantar, un puto zumbido en los oídos… algo que impida que se acumule, que te inunde, que te ahogue, que te destroce por dentro y que te agriete por fuera.  

Debería haberlo.  

Un mecanismo natural de defensa, de protección. Como los enchufes esos que se desconectan para evitar que un exceso de corriente funda y calcine tus aparatos.  

Debería haberlo, o soy yo que no sé desconectar. Que todo se me acumula y me presiona, soy yo el creador de mis días nublados, de mis tormentas sin la calma sucedida, de mis letales huracanes con nombre de mujer.  

Y todo, absolutamente todo, se cuece en mi interior, donde si hubo una vez un alma huyó hace tiempo despavorida perseguida por mis demonios.  

Hay quien dice que soy adicto al sufrimiento, que tengo tendencia natural a hundirme cada cierto tiempo y regocijarme en él, que me hace sentir especial, diferente.  

Y es posible que tenga razón. Como también cuando me dicen que todo es relativo, que lo mío no es nada comparado con una muerte en la familia o una enfermedad terminal… o escuchar a alguien llorar en la habitación de al lado.  

Pero todo se gesta en nuestras mentes, desde lo más atroz hasta la acción más bella y humanitaria. Todo confluye y se origina en el mismo lugar; en la cerrada oscuridad de un cráneo compacto donde la sinapsis es el juego preferido de millones de neuronas.  

Y es en mi cabeza donde los conflictos se suceden, se entremezclan y superponen unos a otros… y donde comienza el sufrimiento y la tristeza que lo va cubriendo todo lentamente, como chocolate caliente derramado por accidente sobre un mantel de tela blanco.  

Y me puedo contestar a la pregunta.  

Porque no existe ningún límite.  

Solo somos personas, seres cuidadosamente imperfectos, a los que la vida nos dotó de la conciencia del “ser” en un descuido y nos pasamos el tiempo creando dioses y religiones que nos quite el agobio de una muerte de la que no somos capaces de imaginar la propia. Y nos justifique la existencia y nos garantice la eternidad…  

Pero en realidad lo que nos produce felicidad o sufrimiento es el amor o la carencia de él. Todos necesitamos querer y que nos quieran. Porque nacemos y morimos solos, son actos individuales donde la conciencia despierta o se apaga. Y el amor, el sexo, la unión de cuerpo y alma con otro ser, es lo que nos hace sentirnos vivos y hasta nos hace creer que vivir esta vida vale la pena.  

Se acumula tanto sufrimiento en el día a día, por pequeñas o grandes cosas, por palabras inconvenientes dichas a destiempo o indebidamente calladas. Por sonrisas fingidas y traiciones ocultas. Por no saber amar, por no corresponder, por ignorar. Por un “te quiero” que no te atreves a decir, un abrazo que te sabe a poco. Por un quizá, por un no sé, por un silencio…  

Sonríe, me dices, que no se note que has llorado. Y lo curioso es que te hago caso. Y paseamos por la playa, como si nada, igual que toda esa gente que nos cruzamos con sonrisas dibujadas y el corazón encogido.  

 

Francisco J. Berenguer

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: