Fundido en negro

A mi madre.

En términos cinematográficos “fundido en negro” se refiere a cuando, al final de una película o secuencia, la imagen va desapareciendo lentamente hasta quedarse la pantalla totalmente oscura.

Tal vez la muerte sea algo parecido. El cerebro se va desconectando de los sentidos y lentamente… se apaga.

¿Alguna vez habéis perdido el conocimiento? Prácticamente es lo mismo; lo que estás viendo se desvanece, los sonidos se van alejando y la sensación física de tu cuerpo va disminuyendo hasta desaparecer por completo. En ese momento (lo digo por experiencia) no sientes miedo, ni preocupación, ni dolor… son apenas unos segundos pero te alberga una profunda sensación de paz, de tranquilidad, como que todo está perfecto y en su lugar. El mundo se va oscureciendo a tu alrededor y te das cuenta de la falta que te hacía descansar y luego… Nada.

Creo que la muerte no es más que eso, como una pérdida de conocimiento de la que no vuelves. Y, la verdad, en esos escasos segundos que la preceden no sientes temor, ni estas preocupado por lo que has dejado pendiente, ni siquiera por tus hijos, padres o el resto de la familia. Te das cuenta que todo tiene su tiempo y su momento. Y este es el tuyo, personal y único. Y experimentas ese “fundido a negro” en soledad, como cuando unos años atrás viniste al mundo en tu nacimiento con un “fundido a blanco”. Y antes de que la oscuridad se complete no sientes pena por lo que has dejado de hacer, ni orgullo o remordimientos por lo que has hecho. Simplemente tu cerebro se apaga, dejas de existir y no te llevas nada… ni siquiera la decepción de poder comprobar que no hay Nada tras la muerte…

Tengo la certeza de que si comprendemos y admitimos que la muerte es así y no esperamos otra cosa después, seremos capaces de disfrutar la vida con más intensidad.

Si hay un Dios, éste no es más que nuestra conciencia, la que nos dicta realmente lo que está bien o mal, por encima de leyes, políticas y religiones. Cualquier ser humano nacido en plena selva sin conocimiento de la ley y sin influencias religiosas sabe lo que tiene hacer porque su conciencia, íntimamente ligada con sus instintos, se lo dicta en cada momento. Y no es una vocecita en su cabeza, ni la influencia de un ser superior, sino el resultado de una memoria genética que se ha ido formando y evolucionando a través de generaciones para favorecer su supervivencia. Al igual que cualquier especie animal. Nuestro cerebro, más desarrollado, procesa esos instintos, los razona y los aplica adaptándose a las circunstancias de la vida. Sabemos lo que debemos hacer o lo que no, porque nuestra conciencia nos lo aconseja. Y esta conciencia no es más que conexiones neuronales electroquímicas en nuestro cerebro que, genéticamente o adquiridas por la experiencia en la vida, van formando y configurando nuestra forma de ser.

Pero el cerebro, todavía gran desconocido para la ciencia, comete errores y está sujeto a enfermedades y desequilibrios. Le influye el medio ambiente, el estrés, lo que comemos, bebemos y respiramos.

El cerebro, en perpetua oscuridad encerrado en el cráneo, percibe el mundo a través de nuestros sentidos que, a veces, pueden ser engañosos. Incluso los recuerdos pueden ser falsos o trastocados por una memoria selectiva (eliminando, inconscientemente, lo que no queremos que hubiese pasado y adaptándolo a nuestros gustos)

Y a pesar de todo el cerebro no es un órgano más de nuestro cuerpo como otros que se puedan trasplantar. Podemos cambiar de hígado, de riñones e incluso de corazón (donde hace no muchos años se creía que residía el alma) y seguir siendo nosotros mismos. Pero no lo que hay dentro de nuestra cabeza, porque no forma parte de nuestro cuerpo. Tu cerebro eres tú. Cuando te refieres a ti como persona, en realidad te estás refiriendo a tu cerebro porque él es el que piensa, siente, pregunta y responde. El que hace que salgan lágrimas cuando la tristeza te invade, o el que sabe conducir y recuerda el camino de tu casa. Es mi cerebro el que procesa estas ideas y mueve mis dedos al escribirlas para que tu cerebro las almacene y las cuestione cuando tus ojos a través de los nervios ópticos se lo comuniquen.

Es bonito y romántico pensar que cuando mueres te reúnes con tus seres queridos que fallecieron antes que tú, que te esperan al final del túnel y te dan la bienvenida a esa nueva vida. Queda muy bien en la ficción, en novelas y películas de las que te hacen soltar una lagrimita al final, pero la realidad es bien distinta. Hay personas que tras una enfermedad o accidente que les ha llevado a estar próximos a la muerte, o incluso haber estado clínicamente muertos unos segundos, afirman tener ese tipo de experiencias pero son fácilmente explicables debido a unas sustancias del cerebro que se liberan en esos momentos críticos.

Me gustaría creer, lo digo en serio, en esa otra vida, que nuestro paso por el mundo solo sea una transición y que nuestro espíritu inmortal siga adquiriendo experiencia y sabiduría para ascender a otro plano superior… Antes creía en eso, os lo aseguro, pero ahora me resulta tan evidente que nada de eso es cierto, que me siento con la necesidad de dejarlo salir… y no sabéis como anhelo volver a ver a mi madre…

Fue un dos de mayo de hace nueve años cuando un aneurisma en el cerebro le provocó una hemorragia y le causó la muerte. Un pedazo de mí se fue con ella. Hoy no es un día especial, pero a veces, sin saber por qué y sin ninguna razón que lo justifique, la siento más cerca de mí, como si me estuviera observando ahora mismo mientras escribo estas palabras. Es curioso, aunque sé que esa sensación no es más que una creación de mi subconsciente y no tiene nada de sobrenatural, he sentido cómo me abrazaba por la espalda, incluso he percibido su olor. Creo que por eso he sentido la necesidad de recuperar parte de este texto que le dediqué en el primer aniversario de su despedida.

La vida duele tanto cuando se llena de ausencias.

Era una mujer normal. La vida no la trató demasiado bien y eso la hizo fuerte. Tras una traumática separación sacó adelante a cuatro hijos que la adoramos. A pesar de las dificultades supo transmitirnos unos valores y una forma de afrontar la vida realmente especial. Nos inundó con su cariño. A veces sólo una palabra, una mirada o una media sonrisa bastaban para que te abrieses a ella y le contaras tus problemas. Sabía escuchar y su opinión era diferente y esperanzadora. Nos enseñó a perdonar y a no tener miedo… nos enseñó tantas cosas de las que no se aprenden en los libros… 

Unos años antes de su muerte nos dio una inmejorable lección al luchar y superar un cáncer. Y cuando todo parecía que había vuelto a la normalidad vino ese fatal desenlace que se la llevó a ella y un mes después a su madre, mi abuela, que destrozada por el dolor, simplemente se dejó morir.

Cuando pasa esto te das cuenta de lo mucho que te ha quedado por decirle, de las cosas que podías haber compartido con ella, de haberle dicho lo mucho que la quieres… pero la muerte, a veces, es así de rápida e imprevisible.

Al final, si su vida se hubiese convertido en una película de cine (como esas que tanto le gustaban), el público se pondría de pie en la sala y se uniría en un aplauso general, aclamándola por lo bien que había interpretado su papel en este teatro de la vida. Y luego, muy lentamente… un fundido en negro sobre su imagen sonriente…

 

Francisco J. Berenguer

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