Irene

Unos pasaban por delante y yo escondía todo lo posible los pies debajo del asiento, haciéndome pequeña, refugiándome en él. Otros, por detrás, rozaban sus chaquetas y abrigos en mi cabeza, ignorando mi espacio.

La película había acabado y todos iban abandonando la sala. 

Todos menos yo. 

Apuré hasta que la última letra de los créditos finales desapareciera de la pantalla. La música dejó de sonar y todo se fundió en negro.

No deseaba moverme de allí. No podía. No me quedaban fuerzas.

Ojalá nadie se diera cuenta de mi presencia y me olvidaran allí. Era la última sesión. No sería tan difícil pasar desapercibida. Soy bastante menudita y me acurruqué todo lo que pude en la butaca. Además, iba vestida de oscuro, como el color de mi alma, solo era una sombra en el granate de la tapicería.

Jamás había llorado tanto con el final de una película, nunca me había sentido tan identificada como cuando ella entró con su marido en aquel bar de jazz, casi por casualidad, y el amor de su vida, al que no veía en años, comenzó a tocar aquellas notas al piano… siete notas desgarradoras. Una melodía bella que los llevó a crear un recuerdo, un flashback imaginario de cómo hubiera sido su vida juntos hasta llegar a ese mismo día.

Hay decisiones, o la ausencia de ellas, que marcan una vida. Entonces no las creemos importantes, pensamos que es lo que debemos hacer, lo más sensato, lo prudente. 

Luego es tarde.

Renuncié un día a lo que más quería pensando que más adelante lo podría recuperar. Jugué a escribir el guion de mi película sin contar con tus sentimientos, como si yo fuera la única protagonista, te remitía a la espera dándote migajas de mí para alimentarte. Tú lo aceptabas, en parte me comprendías. Dios ¡cómo me amabas! 

Yo no me atreví a renunciar a todo por ti, a arriesgar. A reinventarnos una vida juntos. A vivir el sueño que recreábamos en nuestros esporádicos encuentros… creía que había tiempo. Confiaba en que el destino nos facilitara las cosas para unirnos en un futuro. Un futuro que nunca llegaría…

Tu muerte no me dolió. Tu muerte fue la mía también.

Ahora no puedo mirarme al espejo, porque ni siquiera existo. No me reconozco. La parte que quedó de mí es el reflejo de mi sombra, la luz se fue contigo. Ya no existo, no quiero existir. A veces sueño que me voy haciendo más pequeña, cada vez más y más, hasta llegar a ser como un grano de arena y desaparecer. Eso deseo ahora, desintegrarme en esta butaca de cine. Que los que limpien esta noche o mañana me vean como una mancha insignificante, un montoncito de polvo, un poquito de nada.

No puedo olvidar la última vez que hablamos por teléfono. Estabas enfadado conmigo. Me reclamabas que hiciese algo de una vez para poder estar juntos, que la espera se te hacía muy dura, que vernos cada dos o tres meses unas horas no es una relación, no cuando se quiere de esta manera. Yo te decía que me esperases unos años hasta que mis niñas fueran un poco más mayores, que, mientras tanto, tuvieras una vida independiente de mí, que disfrutases, que vivieses otras relaciones si te apetecía, que yo te buscaría cuando estuviese preparada aun a riesgo de que cuando apareciese de nuevo en tu vida ya no quisieras estar conmigo, porque era posible que encontrases a otra mujer que te diese todo lo que yo no podía darte ahora.

Yo creía que ese era el mayor acto de amor que podía ofrecer. Renunciar a ti para que fueses feliz. Renunciar a mi felicidad para que consiguieses la tuya. Pero solo contaba con mi sacrificio, con mi dolor resignado, pero no con lo que tú sentías, aunque yo, en ese momento, pensaba que sí lo hacía.

Te lancé al vacío creyendo que desplegarías tus alas y volarías hacía un nuevo amanecer, pero no me di cuenta de que te habías desprendido de ellas, que me las habías ofrecido, como todo tu cuerpo, como todo tu ser, como todo tú.

Ese día me llamaste desde el bar al acabar una comida con tus compañeros de trabajo. Habías bebido un poco y me dijiste que ibas a beber más. Que querías nublar tu mente para olvidarme un rato, pero el alcohol causó el efecto contrario. Me dijiste entre sollozos mal disimulados lo mucho que me amabas, lo imposible que te resultaba iniciar una relación sincera con alguien, porque siempre estaba yo, que no podías imaginar otra vida en la que no estuviese, que no necesitabas nada más que mis besos, mis caricias y el olor de mi piel…

Yo estaba en casa escuchando tu desgarradora declaración de amor cuando llegó mi marido. 

Te colgué de golpe sin decirte nada. Cambié tus palabras y tus lágrimas por mi silencio y mi cobardía. Él me dio un beso en los labios y tú, a mil kilómetros, mordías de rabia los tuyos.

En los tres días que sucedieron a esa conversación no supe nada de ti. Al principio pensé que estabas tan cabreado que preferías no hablar conmigo, ni siquiera por mensajes en el móvil. Luego presentí algo, como un vacío interior, como si un ladrón de órganos me los hubiese robado, uno a uno. Al cuarto día me llamó tu amigo, ese que era nuestro enlace, nuestro cómplice ante cualquier problema que te impidiera comunicarte conmigo. 

Antes de descolgar ya sabía lo que iba a decirme. No quería oírlo, no quería que me confirmase lo que ya intuía, lo que mi alma ya conocía. Pero la realidad superó a lo que imaginaba.

Tu amigo me dijo que después de hablar conmigo, horas más tarde, esa misma madrugada, cogiste el coche para venir a verme, sin dormir, con tu coche viejo que no había pasado la ITV. Condujiste durante horas y justo veinte kilómetros antes de llegar a mi ciudad te saliste de la carreta en el peor sitio posible. Un puente, un escuálido río, y más de treinta metros de caída.

Esa misma mañana salimos mi marido, las niñas y yo muy temprano en dirección a la casita que tenemos en la montaña para pasar el fin de semana. Metros antes de llegar al puente nos pilló un atasco. Enseguida vimos que había habido un accidente. Estaba la policía desviando el tráfico a un solo carril y una grúa enorme estaba elevando en ese momento un coche del fondo del barranco.

Vi tu coche unos instantes, pero no lo reconocí, era un amasijo oscuro de hierro y chatarra. Pasé por tu lado, mi amor. Quizá todavía latía tu corazón y no supe que estabas ahí. No pude acariciar tu frente, no pude evitar que murieses tan solo como te había hecho sentir durante meses… no pude respirar tu último aliento…

Todo es culpa mía. Tú eras mi vida, mi luz, mi ángel… ahora no soy nada, ni nadie.

Esta mañana he venido a tu ciudad y he visitado tu tumba. Te juro que hubiese excavado con mis manos para yacer a tu lado por la eternidad que te prometí. Todo pierde la importancia que le daba, se relativiza. No me importa ni mi marido ni mis hijas, aunque sea una atrocidad reconocerlo. Sé que con su padre estarán bien. Yo he dejado de ser, de estar, de sentir.

Todas las lágrimas que no pudieron brotar de mis ojos en el cementerio esta mañana me inundaron la piel esta noche viendo “La La Land”, yo sola en un cine desconocido, en una ciudad desconocida.

Normalmente vivimos ajenos a la muerte, hacemos planes, tomamos decisiones sin pensar que la vida se nos puede truncar en un segundo. Es necesario, supongo, no sé ya lo que es mejor. Solo sé que postergué nuestra felicidad inútilmente, que hipotequé nuestro amor a tan largo plazo, que la muerte nos desahució, sin previo aviso.

No se escucha ningún ruido por aquí. Creo que he pasado desapercibida. Estoy sola.

Cierro los ojos y te imagino a mi lado, cogidos de la mano viendo una película en esa gran pantalla. Tú me sonríes y dices que me calle porque yo soy muy preguntona y no te dejo en paz, y en la pantalla vemos un flashback imaginario de cómo hubiera sido nuestra vida juntos hasta llegar a este mismo día…

 

Francisco J. Berenguer

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