Laura

Cuando decidí ser yo misma me surgió el dilema.

¿Quién soy yo, realmente?

Puedo ser cualquiera de mis “yo” declarados; los conocidos, los que se muestran, los que se ocultan… o una mezcla de todos ellos.

¡Joder…! ¿todas las personas son así de complicadas o solo soy yo?

Creo que toda mi vida he estado interpretando personajes, adoptando personalidades y costumbres para intentar encajar donde se suponía que debía estar, lo que debía hacer, lo que debía decir.

¿Cuántas veces en mi vida habrá decidido ese yo, que todavía desconozco, lo que verdaderamente deseaba hacer?

Esta no es mi vida; estoy viviendo la vida de otra mujer, la que vosotros decidisteis que fuera… y lo habéis hecho tan bien… hasta hoy pensaba que eran mis propias decisiones las que me han llevado a este punto y no las vuestras… creí que era libre.

¿Quién soy yo?

¿La chica sonriente del trabajo? ¿La que siempre procura estar de buen rollo y os anima, la que sabe escuchar, la que es positiva, o la que se esfuerza cada mañana en maquillar su alma en el espejo del baño, dibujar una sonrisa que parezca natural e idear algo gracioso que contar cuando coincidimos ante la máquina de café?

Soy la esposa que recibe con un beso a su marido, la de sexo consensuado que, aunque complaciente, está lejos de ser la lujuria desatada del principio. Sexo programado como la comida o como la lavadora, para cumplir la función de saciar una necesidad. Minutos de química y hormonas que dejan luego más vacío que plenitud. Pero también soy la mujer que, después de gemir en la cama, se masturba en silencio en el baño, para que ni los niños ni él sospechen, fugitiva de mi propia intimidad, con esa estúpida sensación de culpa, la que me persigue… la que me ahoga.

Soy limpia, ordenada, pragmática, previsora; siempre llevo un pequeño paraguas en el bolso. Y también adoro el caos y me gusta perderme en mis sueños, algunos inconfesables, pero tengo la necesidad de contárselos a alguien, para que ese alguien me cuente los suyos y comprobar que no estoy tan mal de la cabeza. Odio las tareas del hogar, pero me esfuerzo para tener la casa impecable; no sé si porque es lo que se espera de mí, o porque yo lo quiero así.

Daría mi vida por mis hijos, literalmente y, sin embargo, a veces me gustaría perderme y pensar que no existen. No me gusta el machismo primitivo ni el feminismo exagerado de ahora. Adoro ver una pareja de abuelitos que se han amado toda una vida y admiro el valor de las mujeres que sacrifican su matrimonio por huir de una pesadilla o perseguir un sueño.

Me gusta sentirme hermosa y deseada, pero me pongo muy nerviosa cuando un hombre me mira y mantiene su mirada. Ya no creo en el amor ese de las películas y, al mismo tiempo, deseo vivir una increíble historia de amor y pasión desmedida; tengo ganas de cometer locuras y que las cometan por mí.

¿Quién soy? ¿la que escribe y profundiza en este diario o la que iba a misa los domingos de antaño? ¿la que se siente atraída por los hombres o la que se sorprende imaginando una aventura con alguna mujer?

Todos tenemos nuestros demonios y nuestros ángeles dormidos. Y hoy, que he decidido ser yo misma, no sé a quién despertar primero…

Cuando decidí ser yo misma me surgió el dilema.

¿Quién soy yo, realmente?

Puedo ser cualquiera de mis “yo” declarados; los conocidos, los que se muestran, los que se ocultan… o una mezcla de todos ellos.

¡Joder…! ¿todas las personas son así de complicadas o solo soy yo?

Creo que toda mi vida he estado interpretando personajes, adoptando personalidades y costumbres para intentar encajar donde se suponía que debía estar, lo que debía hacer, lo que debía decir.

¿Cuántas veces en mi vida habrá decidido ese yo, que todavía desconozco, lo que verdaderamente deseaba hacer?

Esta no es mi vida; estoy viviendo la vida de otra mujer, la que vosotros decidisteis que fuera… y lo habéis hecho tan bien… hasta hoy pensaba que eran mis propias decisiones las que me han llevado a este punto y no las vuestras… creí que era libre.

¿Quién soy yo?

¿La chica sonriente del trabajo? ¿La que siempre procura estar de buen rollo y os anima, la que sabe escuchar, la que es positiva, o la que se esfuerza cada mañana en maquillar su alma en el espejo del baño, dibujar una sonrisa que parezca natural e idear algo gracioso que contar cuando coincidimos ante la máquina de café?

Soy la esposa que recibe con un beso a su marido, la de sexo consensuado que, aunque complaciente, está lejos de ser la lujuria desatada del principio. Sexo programado como la comida o como la lavadora, para cumplir la función de saciar una necesidad. Minutos de química y hormonas que dejan luego más vacío que plenitud. Pero también soy la mujer que, después de gemir en la cama, se masturba en silencio en el baño, para que ni los niños ni él sospechen, fugitiva de mi propia intimidad, con esa estúpida sensación de culpa, la que me persigue… la que me ahoga.

Soy limpia, ordenada, pragmática, previsora; siempre llevo un pequeño paraguas en el bolso. Y también adoro el caos y me gusta perderme en mis sueños, algunos inconfesables, pero tengo la necesidad de contárselos a alguien, para que ese alguien me cuente los suyos y comprobar que no estoy tan mal de la cabeza. Odio las tareas del hogar, pero me esfuerzo para tener la casa impecable; no sé si porque es lo que se espera de mí, o porque yo lo quiero así.

Daría mi vida por mis hijos, literalmente y, sin embargo, a veces me gustaría perderme y pensar que no existen. No me gusta el machismo primitivo ni el feminismo exagerado de ahora. Adoro ver una pareja de abuelitos que se han amado toda una vida y admiro el valor de las mujeres que sacrifican su matrimonio por huir de una pesadilla o perseguir un sueño.

Me gusta sentirme hermosa y deseada, pero me pongo muy nerviosa cuando un hombre me mira y mantiene su mirada. Ya no creo en el amor ese de las películas y, al mismo tiempo, deseo vivir una increíble historia de amor y pasión desmedida; tengo ganas de cometer locuras y que las cometan por mí.

¿Quién soy? ¿la que escribe y profundiza en este diario o la que iba a misa los domingos de antaño? ¿la que se siente atraída por los hombres o la que se sorprende imaginando una aventura con alguna mujer?

Todos tenemos nuestros demonios y nuestros ángeles dormidos. Y hoy, que he decidido ser yo misma, no sé a quién despertar primero…

 

Francisco J. Berenguer

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