Así de simple

 

Deja que la vida fluya, me decían.

Me costó comprender el verdadero significado que ocultaban aquellas cinco palabras, es más, creo que la mayoría de los que me regalaban ese consejo como dogma sabio y divino, en una caja de cartón reciclado envuelta en brillante papel dorado, ni siquiera conocían el contenido de su presente. Tampoco los culpo, ni los juzgo ni los condeno por ello, simplemente heredaron esa frase de otros labios, de otra mirada experimentada y curtida por los infortunios de la vida que se creía capacitada para hacerte ver la gran verdad, su versión de la verdad.

Todos tenemos nuestra versión, es cierto. Eso me hace estar aun más de acuerdo en eso que dicen de que el ser humano no quiere conocer la verdad, prefiere sentirse cómodo con lo que decide creer. Adoptamos ideas ajenas como propias, le damos cobijo en nuestra mente, las volvemos a configurar a nuestra imagen y semejanza, y adaptamos nuestra forma de vivir y pensar en torno a ellas. Y no queremos saber nada más. Y en cierta manera es lógico ¿qué más se puede pedir de unos mamíferos arrogantes que se creen el centro del universo y al mismo tiempo son tan básicos y prisioneros de sus instintos animales, lo cual se empeñan en disfrazar y humanizar? Seres que emplean gran parte de su vida en buscar líderes, dioses y destinos que guíen sus vidas para que los protejan y decidan por ellos… huérfanos de nacimiento que buscan desesperadamente un útero para que los vuelva a cobijar.

Seguramente la etapa mas placentera del ser humano es la que ocupaba dentro del vientre de su madre. Es la zona de confort por excelencia y donde siempre pretendemos volver a estar. No literal y físicamente, sería imposible y abominable, lo que buscamos es la protección de un sistema o un gobierno para que nos abastezca y decida por nosotros, elegimos representantes y los convertimos en madres adoptivas donde depositamos la confianza de nuestro voto, nos intentamos rodear siempre de un cerco protector y nos refugiamos en su interior rodeado de personas con nuestros mismos ideales, creencias religiosas, aficiones o vicios. Pertenecemos a familias, clanes, asociaciones, sindicatos, partidos políticos, peñas gastronómicas, gremios, religiones, equipos, grupos de WhatsApp… somos miembros de organizaciones jerarquizadas y, normalmente, excluyentes. Necesitamos sentirnos seguros y rodeados de gente afín, y que un útero gigantesco y artificial nos abastezca, nos calme, nos evite tomar ciertas decisiones y hacer actos desagradables, aunque eso suponga perder algo de nuestra independencia e, incluso, de nuestra integridad. Luego ya existen los bares y las redes sociales para quejarse de tu gobierno, tu sindicato o del presidente de tu comunidad de vecinos. Suele ser más fácil criticar una decisión que tomarla.

Deja que la vida fluya, me decían.

Y ellos pretendían decirme que me dejase llevar por la corriente de su cauce. Que todo llega a su debido tiempo y que ese tiempo es el que pone a cada cosa o persona en su lugar. Que si no consigues algo es porque no era para ti, que no sirve de nada enfrentarse al destino, que tus decisiones poco influyen en la gran trama del río de la vida.

Y el río baja repleto de almas tranquilas, serenas y resignadas a su suerte. Y no pretendo decir que no sean felices o lo hayan sido o lo serán. Todo lo contrario ¿qué mayor felicidad la que te proporciona el no sentirte responsable de las decisiones que tomas o las que no tomas pensando que es el destino el que actúa por ti? No me gusta pensar que mi vida está escrita de antemano, aunque crea que decido, aunque me crea libre. El destino no existe, no puede, no debe existir.

Vamos a ver: un hombre está dando brazadas desesperado en medio del mar y tu estás cerca de él en una barca con un salvavidas, ¿qué haces? ¿te quedas mirando a ver si es capaz de alcanzar la barca para no ahogarse? Si la alcanza es porque era su destino salvarse, si muere es porque tenía que morir. Quizá su destino había hecho que tú estuvieses allí para salvarlo y no para quedarte mirando, o tu propio destino te había llevado hasta él para que conocieras a una persona que iba a ser importante en tu vida. Si lanzas el salvavidas es porque estaba escrito que así fuera, si no lo haces también está bien, pero no porque tú seas un miserable cobarde hijo de puta, y si un tiburón blanco enorme, justo cuando el pobre hombre está alcanzando la barca por sus propios medios y esfuerzos, se lo merienda de un bocado, es el destino del tiburón junto con el de su aperitivo y el tuyo que han fluido en el mismo sentido y dirección, ¡por favor…!

Está claro que la vida fluye y transcurre al margen de nuestros proyectos y decisiones, que no le importamos un carajo, pero tenemos margen, tenemos mucho que aportar, aunque solo sea por ti y los que te rodean.

Este gran río de la vida lo puedes afrontar de distintas formas: puedes dejarte llevar por su fluir aceptando lo que te acercan sus aguas como algo normal e inevitable. Puedes nadar contra corriente hasta darte cuenta, agotado, que tú solo no puedes afrontar todo el caudal que te obliga a cambiar de dirección, a integrarte en lo que debe ser. Puedes quedarte sentado en tu orilla y ver la vida pasar sin tomar ninguna postura e iniciativa. Y también puedes cruzarlo y ver lo que te brinda la otra ribera.

Yo acabé agotado, extenuado de nadar en este fluir de la vida que me aconsejaba ser paciente, prudente, sensato, dejarme llevar. Estuve varias veces tentado de aceptar la comodidad y la paz que me ofrecía, pero seguí dando brazadas hasta que alcancé el margen opuesto y ¿sabéis?

Este lado es exactamente igual al de enfrente, no varía nada. Entonces me di cuenta del verdadero motivo de mi arriesgada travesía. Todo estaba dentro de mí, donde siempre había estado, por primera vez me sentí capaz de hacer realidad lo que antes solo eran pensamientos y proyectos de futuro lleno de condiciones y condicionales, simples y compuestos.

En definitiva, todo es cuestión de actitud. Así que me armé de valor, dejé a un lado todas las frases que me habían dicho sobre que dejase la vida fluir, sobre el tiempo reparador, la comodidad y la protección de la pandilla de amigos, lo de que si el destino no me era propicio, sobre la verdad y sus versiones, cogí el teléfono y por fin me decidí a escribir un mensaje a la que me parecía la chica más hermosa del instituto: ¿Quedamos esta tarde?

 

Francisco J. Berenguer

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