María

A veces es como despertar una mañana y ser consciente de que has soñado, pero no recuerdas el sueño.

Me da miedo dormir, porque sé que un día me olvidaré de mí.

No somos más que recuerdos, débiles retazos mentales del pasado.

Comenzó siendo gracioso ¿recuerdas?

Al principio lo es. Pequeños despistes, equivocaciones al hablar, repetir lo dicho como si fuera la primera vez y quedarte parada con cara de boba en un eterno déjà vu.

Una misma se da cuenta y sonríe sin darle importancia.

Luego llega el miedo, el no querer reconocer la enfermedad. Y un día intentas volver a casa y no recuerdas dónde vives…

La genética y la edad juegan en mi contra. Ya sabes por qué no quise tener niños. No quiero perpetuar en nadie más los errores de mi naturaleza. A menudo echo de menos los hijos que no tuvimos ¿eso puede ser? ¿añorar algo que nunca se ha conocido?

Tú siempre me apoyaste en todo. Yo sé que querías haber tenido descendencia, pero no influiste en mis decisiones, me respetaste siempre… joder ¡cuánto te quiero!

¿Sabes? Lo que más duele es que en algún momento te convertirás en un extraño para mí… no te reconoceré… es horrible… me duele en lo más profundo del pecho solo de pensarlo.

¿Y tú? ¿cómo te sentirás, mi amor, cuando olvide tu nombre? ¿Cuándo apenas reconozca tu rostro y te pregunte quién eres? ¿Cuándo tengas que ponerme esos horribles pañales para adultos y lavarme? ¿Cuándo mi mirada perdida en la tuya no comprenda todo el amor que habita en tus ojos? ¿Cómo te sentirás, dime?

Ojalá tuviera el valor suficiente para evitarte esa tortura, amor mío. Continúo viviendo porque estar un minuto contigo vale por una vida. Quiero sentir, mientras pueda, el sabor de tus besos, tus caricias, el calor de tu cuerpo junto al mío… o dentro de mí. Deseo escuchar la música de tu voz grave y profunda, ver la luz en esos ojos que sonríen, creerme tu optimismo y disfrazar de inútil esperanza la espera.

Eres la vida que me quedará cuando mi vida se apague.

Por eso quiero sentir cada momento que me quede. Quisiera permanecer abrazada a ti y que el tiempo se detuviera. Porque es el tiempo nuestro mayor enemigo cuando se inicia una cuenta atrás, cada segundo es un latido menos, es un paso que me adentra en esa densa niebla de la que no sabré regresar jamás.

Me siento afortunada al haber coincidido contigo en este mundo, porque a través de tu mirada recuperó el color que un día perdió para mí. Me hiciste sentir la mujer más maravillosa y excepcional de la Tierra. Me enamoré de ti casi sin notarlo, sin plantearme nada, fluyó como algo natural, inevitable; como si tú y yo nos estuviésemos esperando en la puerta de ese restaurante que nos refugiaba de la lluvia; como si estuviese planeado que tu cita y la mía fallasen aquel día. Todo fue tan casual, tan inocente, tan perfecto; como el guion de una película romántica… que ahora llega a su final.

No me digas nada cuando leas esto, por favor. Guárdate la carta y sigamos como si nada. Resérvala para cuando ya no sea yo junto con ese puñado de fotos que están en el sobre.

Recuérdame así, sonriendo, con las ganas de vivir y de viajar a esos países que nunca iremos. Recuérdame despeinada y con el pijama ese de Pluto que no te gusta.

Dices que cuando duermo tengo carita de ángel, recuérdame entonces así cuando llegue mi noche eterna.

Siempre te amaré.

 

Francisco J. Berenguer

En do menor

Vives preso de tus errores y tus vicios

siempre hay alguien que te los recuerda

Por tu bien

Saben leerte en los posos de tu café

Sus juicios alimentan su poder sobre ti

te reducen

te empobrecen

te simplifican

Eres una semifusa en la partitura del gran concierto

una insignificante octava de segundo

que hasta el oboe ignora

Me has vomitado la vida encima

no te extrañe que me cambie de ropa.

 

Francisco J. Berenguer

Silvia

Mamá, tienes el mar en los ojos.

Ojalá, mi niña, hubieras elegido otro vientre donde nacer. Yo no puedo ofrecerte nada más de lo que ves, y lo que ves, es bien poco.

No me explico como un ser tan maravilloso como tú eligió un día mi útero maltrecho, este cuerpo desquiciado por el alcohol y las drogas, de sexo sucio y apresurado en los baños de bares infectos ofrecido a cambio de una sonrisa bonita, por la promesa de un sueño o tan solo por una dosis.

Ni siquiera puedo darte un padre porque, entonces, los días se mezclaban con las noches, y en las noches se sucedían las caras borrosas, sudores de cuerpos diferentes que se movían al mismo ritmo en la pista o sobre mí, aunque la música hubiese dejado ya de sonar. Y me odiaba cuando me sorprendía algún amanecer, cuando, entre guiños de esos ojos que huían del sol y la resaca que me golpeaba la cabeza por dentro, recordaba quien era y lo que un día quise ser…

Todavía recuerdas cuando te llevé a la playa ¿verdad? Cuando te metí en el agua en mis brazos y tú temblabas y reías nerviosa al mismo tiempo. Al final fue un día feliz, pero mi plan era otro. Ese día pretendí acabar con todo nuestro sufrimiento, con nuestras vidas, la tuya y la mía, amor mío. Sumergí tu cabeza con la más terrible de las intenciones, pero cuando noté cómo tus manitas se separaban de mi cuerpo y las elevabas por encima de la línea de la superficie, cuando vi tu mano blanquita emerger del mar, con los dedos estirados, pidiéndome que te ayudara, que te dejara vivir, no pude hacer otra cosa más que tirar de ti hacia arriba. Fueron unos eternos segundos donde el tiempo transcurría lento y espeso, como a cámara lenta, donde mis demonios perdieron la batalla y tú reclamaste la vida que te pertenecía, una vida que nada ni nadie posee el derecho de arrebatar, y volviste a respirar…

Me miraste con esos ojos tuyos, tan grandes y azules, que no sabían si reír o llorar y en ese momento supe que nunca me iba a separar de ti. No me preguntaste nada, pero yo te dije que lo había hecho para que el mar se metiera por tus ojos y los llenara de lágrimas por dentro, porque las lágrimas se agotan o se secan si no se usan, y llorar sin lágrimas es más amargo y no consuela. Al rato, cuando tomabas el sol en tu sillita de playa, me miraste y con esa expresión que pones cuando entiendes algo nuevo del mundo que te rodea, me comunicaste tu descubrimiento: ¡por eso saben a sal…!

Eres mi ángel, tú todavía no lo sabes, pero me salvaste de mi propia miseria, la que yo iba acumulando en mi vida, bolsas de basura repletas de desengaños, frustraciones y adicciones que matan. Yo no te quería. No te quise cuando estabas en mi barriga y los médicos me obligaron a mantenerte allí porque ya era demasiado tarde y peligroso para abortar. No te quise cuando escuché tu primer llanto al nacer, yo estaba con el mono y tú solo me causabas dolor. No te di pecho porque mis tetas tampoco querían saber nada de ti. No te quise cuando te vi en la incubadora luchando por tu vida, deseé que no lo consiguieras. Y menos aún te quise cuando los médicos me dijeron que no ibas a poder andar nunca, que tus piernas y caderas estaban dañadas.

Cuando mi madre nos acogió en su casa, ella te cuidaba, te cambiaba, te daba de comer. Yo solo te miraba de lejos y me ponía los cascos con la música a tope para no oírte llorar. Perdóname, vida mía, no era yo entonces, no sé quién demonios era.

Recuerdo que fue un día de final de septiembre cuando comencé a quererte. Estabas atada en la silla esa y puesta en la mesa. Estábamos comiendo. Tú con una cuchara amarilla de plástico te apañabas muy bien comiéndote solita un puré que te había hecho la abuela, y yo frente a ti, con unas patatas fritas y un filete empanado. Eras muy pequeña. Me mirabas continuamente y cuando yo te miraba sonreías. Cuando volvía a mirarte me hacías una carita fea, o te manchabas a propósito con la comida.

Fue increíble: eras tú la que me hacías monadas a mí, en lugar de hacértelas yo a ti. Me hiciste reír y entonces tú reíste a carcajadas. Te cogí en brazos y, por primera vez, sentí tu frágil cuerpo tullido latir junto al mío, piel con piel. Te sentí como lo que eres, una parte de mí. Y no solo de mis genes, una parte de mi alma.

Mi vida fue un caos, una auténtica tempestad hasta que apareciste tú, y tras una tormenta el mar devuelve a la orilla restos de naufragios olvidados; trozos de cuerda deshilachada donde antes hubo un nudo que parecía imposible deshacer; retales de una vela que soportó, estoica, toda clase de vientos; un pedazo de timón que un día perdió su rumbo… pero también trae tesoros. Y aunque al principio no parecen valiosos porque no brillan, porque están cubiertos de óxido y arena, solo se necesita un poco de paciencia para reconocerlos entre las algas de la playa o entre la maraña espesa de tu complicada existencia.

Yo te encontré a ti ese día, durante aquella comida, antes apenas era consciente de que existías y me odio por ello, pues no supe apreciarte hasta años más tarde, cuando un milagro no dejó que la desesperación nos ahogara. Eres el mayor tesoro que encontré después de mi tormenta. Y, aunque sé que no siempre tras ella viene la calma, que tan solo puede ser una pausa para la siguiente, un respiro para volver a estallar, navegaré valiente contigo a cualquier lugar donde el fluir de la vida tenga a bien llevarnos.

Sé que volarás, porque el metal de tu silla no es capaz de aprisionar tus alas, ni tus ganas de vivir y de superar todos los retos que se interpongan en tu camino. Y yo te esperaré en la orilla, donde las olas besan la arena y me recargaré de lágrimas.

Me entristece ver cómo te acercas con dificultad en esa sillita de ruedas adaptada a tu tamaño, pero enseguida me haces la mujer más feliz de la tierra cuando contemplo tu sonrisa, y me emociona ver tu entereza y la alegría que traspasa tu corazón.

Me miras y me dices que tengo el mar en los ojos… entonces los cierro y dejo que se desborde.

Francisco J. Berenguer

Así de simple

 

Deja que la vida fluya, me decían.

Me costó comprender el verdadero significado que ocultaban aquellas cinco palabras, es más, creo que la mayoría de los que me regalaban ese consejo como dogma sabio y divino, en una caja de cartón reciclado envuelta en brillante papel dorado, ni siquiera conocían el contenido de su presente. Tampoco los culpo, ni los juzgo ni los condeno por ello, simplemente heredaron esa frase de otros labios, de otra mirada experimentada y curtida por los infortunios de la vida que se creía capacitada para hacerte ver la gran verdad, su versión de la verdad.

Todos tenemos nuestra versión, es cierto. Eso me hace estar aun más de acuerdo en eso que dicen de que el ser humano no quiere conocer la verdad, prefiere sentirse cómodo con lo que decide creer. Adoptamos ideas ajenas como propias, le damos cobijo en nuestra mente, las volvemos a configurar a nuestra imagen y semejanza, y adaptamos nuestra forma de vivir y pensar en torno a ellas. Y no queremos saber nada más. Y en cierta manera es lógico ¿qué más se puede pedir de unos mamíferos arrogantes que se creen el centro del universo y al mismo tiempo son tan básicos y prisioneros de sus instintos animales, lo cual se empeñan en disfrazar y humanizar? Seres que emplean gran parte de su vida en buscar líderes, dioses y destinos que guíen sus vidas para que los protejan y decidan por ellos… huérfanos de nacimiento que buscan desesperadamente un útero para que los vuelva a cobijar.

Seguramente la etapa mas placentera del ser humano es la que ocupaba dentro del vientre de su madre. Es la zona de confort por excelencia y donde siempre pretendemos volver a estar. No literal y físicamente, sería imposible y abominable, lo que buscamos es la protección de un sistema o un gobierno para que nos abastezca y decida por nosotros, elegimos representantes y los convertimos en madres adoptivas donde depositamos la confianza de nuestro voto, nos intentamos rodear siempre de un cerco protector y nos refugiamos en su interior rodeado de personas con nuestros mismos ideales, creencias religiosas, aficiones o vicios. Pertenecemos a familias, clanes, asociaciones, sindicatos, partidos políticos, peñas gastronómicas, gremios, religiones, equipos, grupos de WhatsApp… somos miembros de organizaciones jerarquizadas y, normalmente, excluyentes. Necesitamos sentirnos seguros y rodeados de gente afín, y que un útero gigantesco y artificial nos abastezca, nos calme, nos evite tomar ciertas decisiones y hacer actos desagradables, aunque eso suponga perder algo de nuestra independencia e, incluso, de nuestra integridad. Luego ya existen los bares y las redes sociales para quejarse de tu gobierno, tu sindicato o del presidente de tu comunidad de vecinos. Suele ser más fácil criticar una decisión que tomarla.

Deja que la vida fluya, me decían.

Y ellos pretendían decirme que me dejase llevar por la corriente de su cauce. Que todo llega a su debido tiempo y que ese tiempo es el que pone a cada cosa o persona en su lugar. Que si no consigues algo es porque no era para ti, que no sirve de nada enfrentarse al destino, que tus decisiones poco influyen en la gran trama del río de la vida.

Y el río baja repleto de almas tranquilas, serenas y resignadas a su suerte. Y no pretendo decir que no sean felices o lo hayan sido o lo serán. Todo lo contrario ¿qué mayor felicidad la que te proporciona el no sentirte responsable de las decisiones que tomas o las que no tomas pensando que es el destino el que actúa por ti? No me gusta pensar que mi vida está escrita de antemano, aunque crea que decido, aunque me crea libre. El destino no existe, no puede, no debe existir.

Vamos a ver: un hombre está dando brazadas desesperado en medio del mar y tu estás cerca de él en una barca con un salvavidas, ¿qué haces? ¿te quedas mirando a ver si es capaz de alcanzar la barca para no ahogarse? Si la alcanza es porque era su destino salvarse, si muere es porque tenía que morir. Quizá su destino había hecho que tú estuvieses allí para salvarlo y no para quedarte mirando, o tu propio destino te había llevado hasta él para que conocieras a una persona que iba a ser importante en tu vida. Si lanzas el salvavidas es porque estaba escrito que así fuera, si no lo haces también está bien, pero no porque tú seas un miserable cobarde hijo de puta, y si un tiburón blanco enorme, justo cuando el pobre hombre está alcanzando la barca por sus propios medios y esfuerzos, se lo merienda de un bocado, es el destino del tiburón junto con el de su aperitivo y el tuyo que han fluido en el mismo sentido y dirección, ¡por favor…!

Está claro que la vida fluye y transcurre al margen de nuestros proyectos y decisiones, que no le importamos un carajo, pero tenemos margen, tenemos mucho que aportar, aunque solo sea por ti y los que te rodean.

Este gran río de la vida lo puedes afrontar de distintas formas: puedes dejarte llevar por su fluir aceptando lo que te acercan sus aguas como algo normal e inevitable. Puedes nadar contra corriente hasta darte cuenta, agotado, que tú solo no puedes afrontar todo el caudal que te obliga a cambiar de dirección, a integrarte en lo que debe ser. Puedes quedarte sentado en tu orilla y ver la vida pasar sin tomar ninguna postura e iniciativa. Y también puedes cruzarlo y ver lo que te brinda la otra ribera.

Yo acabé agotado, extenuado de nadar en este fluir de la vida que me aconsejaba ser paciente, prudente, sensato, dejarme llevar. Estuve varias veces tentado de aceptar la comodidad y la paz que me ofrecía, pero seguí dando brazadas hasta que alcancé el margen opuesto y ¿sabéis?

Este lado es exactamente igual al de enfrente, no varía nada. Entonces me di cuenta del verdadero motivo de mi arriesgada travesía. Todo estaba dentro de mí, donde siempre había estado, por primera vez me sentí capaz de hacer realidad lo que antes solo eran pensamientos y proyectos de futuro lleno de condiciones y condicionales, simples y compuestos.

En definitiva, todo es cuestión de actitud. Así que me armé de valor, dejé a un lado todas las frases que me habían dicho sobre que dejase la vida fluir, sobre el tiempo reparador, la comodidad y la protección de la pandilla de amigos, lo de que si el destino no me era propicio, sobre la verdad y sus versiones, cogí el teléfono y por fin me decidí a escribir un mensaje a la que me parecía la chica más hermosa del instituto: ¿Quedamos esta tarde?

 

Francisco J. Berenguer