Mi pequeña adicción

¿Existe algún límite para el sufrimiento?  

No sé, algo, una línea imaginaria, un tope que te pegue en la cabeza cuando te intentes volver a levantar, un puto zumbido en los oídos… algo que impida que se acumule, que te inunde, que te ahogue, que te destroce por dentro y que te agriete por fuera.  

Debería haberlo.  

Un mecanismo natural de defensa, de protección. Como los enchufes esos que se desconectan para evitar que un exceso de corriente funda y calcine tus aparatos.  

Debería haberlo, o soy yo que no sé desconectar. Que todo se me acumula y me presiona, soy yo el creador de mis días nublados, de mis tormentas sin la calma sucedida, de mis letales huracanes con nombre de mujer.  

Y todo, absolutamente todo, se cuece en mi interior, donde si hubo una vez un alma huyó hace tiempo despavorida perseguida por mis demonios.  

Hay quien dice que soy adicto al sufrimiento, que tengo tendencia natural a hundirme cada cierto tiempo y regocijarme en él, que me hace sentir especial, diferente.  

Y es posible que tenga razón. Como también cuando me dicen que todo es relativo, que lo mío no es nada comparado con una muerte en la familia o una enfermedad terminal… o escuchar a alguien llorar en la habitación de al lado.  

Pero todo se gesta en nuestras mentes, desde lo más atroz hasta la acción más bella y humanitaria. Todo confluye y se origina en el mismo lugar; en la cerrada oscuridad de un cráneo compacto donde la sinapsis es el juego preferido de millones de neuronas.  

Y es en mi cabeza donde los conflictos se suceden, se entremezclan y superponen unos a otros… y donde comienza el sufrimiento y la tristeza que lo va cubriendo todo lentamente, como chocolate caliente derramado por accidente sobre un mantel de tela blanco.  

Y me puedo contestar a la pregunta.  

Porque no existe ningún límite.  

Solo somos personas, seres cuidadosamente imperfectos, a los que la vida nos dotó de la conciencia del “ser” en un descuido y nos pasamos el tiempo creando dioses y religiones que nos quite el agobio de una muerte de la que no somos capaces de imaginar la propia. Y nos justifique la existencia y nos garantice la eternidad…  

Pero en realidad lo que nos produce felicidad o sufrimiento es el amor o la carencia de él. Todos necesitamos querer y que nos quieran. Porque nacemos y morimos solos, son actos individuales donde la conciencia despierta o se apaga. Y el amor, el sexo, la unión de cuerpo y alma con otro ser, es lo que nos hace sentirnos vivos y hasta nos hace creer que vivir esta vida vale la pena.  

Se acumula tanto sufrimiento en el día a día, por pequeñas o grandes cosas, por palabras inconvenientes dichas a destiempo o indebidamente calladas. Por sonrisas fingidas y traiciones ocultas. Por no saber amar, por no corresponder, por ignorar. Por un “te quiero” que no te atreves a decir, un abrazo que te sabe a poco. Por un quizá, por un no sé, por un silencio…  

Sonríe, me dices, que no se note que has llorado. Y lo curioso es que te hago caso. Y paseamos por la playa, como si nada, igual que toda esa gente que nos cruzamos con sonrisas dibujadas y el corazón encogido.  

 

Francisco J. Berenguer

Fundido en negro

A mi madre.

En términos cinematográficos “fundido en negro” se refiere a cuando, al final de una película o secuencia, la imagen va desapareciendo lentamente hasta quedarse la pantalla totalmente oscura.

Tal vez la muerte sea algo parecido. El cerebro se va desconectando de los sentidos y lentamente… se apaga.

¿Alguna vez habéis perdido el conocimiento? Prácticamente es lo mismo; lo que estás viendo se desvanece, los sonidos se van alejando y la sensación física de tu cuerpo va disminuyendo hasta desaparecer por completo. En ese momento (lo digo por experiencia) no sientes miedo, ni preocupación, ni dolor… son apenas unos segundos pero te alberga una profunda sensación de paz, de tranquilidad, como que todo está perfecto y en su lugar. El mundo se va oscureciendo a tu alrededor y te das cuenta de la falta que te hacía descansar y luego… Nada.

Creo que la muerte no es más que eso, como una pérdida de conocimiento de la que no vuelves. Y, la verdad, en esos escasos segundos que la preceden no sientes temor, ni estas preocupado por lo que has dejado pendiente, ni siquiera por tus hijos, padres o el resto de la familia. Te das cuenta que todo tiene su tiempo y su momento. Y este es el tuyo, personal y único. Y experimentas ese “fundido a negro” en soledad, como cuando unos años atrás viniste al mundo en tu nacimiento con un “fundido a blanco”. Y antes de que la oscuridad se complete no sientes pena por lo que has dejado de hacer, ni orgullo o remordimientos por lo que has hecho. Simplemente tu cerebro se apaga, dejas de existir y no te llevas nada… ni siquiera la decepción de poder comprobar que no hay Nada tras la muerte…

Tengo la certeza de que si comprendemos y admitimos que la muerte es así y no esperamos otra cosa después, seremos capaces de disfrutar la vida con más intensidad.

Si hay un Dios, éste no es más que nuestra conciencia, la que nos dicta realmente lo que está bien o mal, por encima de leyes, políticas y religiones. Cualquier ser humano nacido en plena selva sin conocimiento de la ley y sin influencias religiosas sabe lo que tiene hacer porque su conciencia, íntimamente ligada con sus instintos, se lo dicta en cada momento. Y no es una vocecita en su cabeza, ni la influencia de un ser superior, sino el resultado de una memoria genética que se ha ido formando y evolucionando a través de generaciones para favorecer su supervivencia. Al igual que cualquier especie animal. Nuestro cerebro, más desarrollado, procesa esos instintos, los razona y los aplica adaptándose a las circunstancias de la vida. Sabemos lo que debemos hacer o lo que no, porque nuestra conciencia nos lo aconseja. Y esta conciencia no es más que conexiones neuronales electroquímicas en nuestro cerebro que, genéticamente o adquiridas por la experiencia en la vida, van formando y configurando nuestra forma de ser.

Pero el cerebro, todavía gran desconocido para la ciencia, comete errores y está sujeto a enfermedades y desequilibrios. Le influye el medio ambiente, el estrés, lo que comemos, bebemos y respiramos.

El cerebro, en perpetua oscuridad encerrado en el cráneo, percibe el mundo a través de nuestros sentidos que, a veces, pueden ser engañosos. Incluso los recuerdos pueden ser falsos o trastocados por una memoria selectiva (eliminando, inconscientemente, lo que no queremos que hubiese pasado y adaptándolo a nuestros gustos)

Y a pesar de todo el cerebro no es un órgano más de nuestro cuerpo como otros que se puedan trasplantar. Podemos cambiar de hígado, de riñones e incluso de corazón (donde hace no muchos años se creía que residía el alma) y seguir siendo nosotros mismos. Pero no lo que hay dentro de nuestra cabeza, porque no forma parte de nuestro cuerpo. Tu cerebro eres tú. Cuando te refieres a ti como persona, en realidad te estás refiriendo a tu cerebro porque él es el que piensa, siente, pregunta y responde. El que hace que salgan lágrimas cuando la tristeza te invade, o el que sabe conducir y recuerda el camino de tu casa. Es mi cerebro el que procesa estas ideas y mueve mis dedos al escribirlas para que tu cerebro las almacene y las cuestione cuando tus ojos a través de los nervios ópticos se lo comuniquen.

Es bonito y romántico pensar que cuando mueres te reúnes con tus seres queridos que fallecieron antes que tú, que te esperan al final del túnel y te dan la bienvenida a esa nueva vida. Queda muy bien en la ficción, en novelas y películas de las que te hacen soltar una lagrimita al final, pero la realidad es bien distinta. Hay personas que tras una enfermedad o accidente que les ha llevado a estar próximos a la muerte, o incluso haber estado clínicamente muertos unos segundos, afirman tener ese tipo de experiencias pero son fácilmente explicables debido a unas sustancias del cerebro que se liberan en esos momentos críticos.

Me gustaría creer, lo digo en serio, en esa otra vida, que nuestro paso por el mundo solo sea una transición y que nuestro espíritu inmortal siga adquiriendo experiencia y sabiduría para ascender a otro plano superior… Antes creía en eso, os lo aseguro, pero ahora me resulta tan evidente que nada de eso es cierto, que me siento con la necesidad de dejarlo salir… y no sabéis como anhelo volver a ver a mi madre…

Fue un dos de mayo de hace nueve años cuando un aneurisma en el cerebro le provocó una hemorragia y le causó la muerte. Un pedazo de mí se fue con ella. Hoy no es un día especial, pero a veces, sin saber por qué y sin ninguna razón que lo justifique, la siento más cerca de mí, como si me estuviera observando ahora mismo mientras escribo estas palabras. Es curioso, aunque sé que esa sensación no es más que una creación de mi subconsciente y no tiene nada de sobrenatural, he sentido cómo me abrazaba por la espalda, incluso he percibido su olor. Creo que por eso he sentido la necesidad de recuperar parte de este texto que le dediqué en el primer aniversario de su despedida.

La vida duele tanto cuando se llena de ausencias.

Era una mujer normal. La vida no la trató demasiado bien y eso la hizo fuerte. Tras una traumática separación sacó adelante a cuatro hijos que la adoramos. A pesar de las dificultades supo transmitirnos unos valores y una forma de afrontar la vida realmente especial. Nos inundó con su cariño. A veces sólo una palabra, una mirada o una media sonrisa bastaban para que te abrieses a ella y le contaras tus problemas. Sabía escuchar y su opinión era diferente y esperanzadora. Nos enseñó a perdonar y a no tener miedo… nos enseñó tantas cosas de las que no se aprenden en los libros… 

Unos años antes de su muerte nos dio una inmejorable lección al luchar y superar un cáncer. Y cuando todo parecía que había vuelto a la normalidad vino ese fatal desenlace que se la llevó a ella y un mes después a su madre, mi abuela, que destrozada por el dolor, simplemente se dejó morir.

Cuando pasa esto te das cuenta de lo mucho que te ha quedado por decirle, de las cosas que podías haber compartido con ella, de haberle dicho lo mucho que la quieres… pero la muerte, a veces, es así de rápida e imprevisible.

Al final, si su vida se hubiese convertido en una película de cine (como esas que tanto le gustaban), el público se pondría de pie en la sala y se uniría en un aplauso general, aclamándola por lo bien que había interpretado su papel en este teatro de la vida. Y luego, muy lentamente… un fundido en negro sobre su imagen sonriente…

 

Francisco J. Berenguer

Irene

Unos pasaban por delante y yo escondía todo lo posible los pies debajo del asiento, haciéndome pequeña, refugiándome en él. Otros, por detrás, rozaban sus chaquetas y abrigos en mi cabeza, ignorando mi espacio.

La película había acabado y todos iban abandonando la sala. 

Todos menos yo. 

Apuré hasta que la última letra de los créditos finales desapareciera de la pantalla. La música dejó de sonar y todo se fundió en negro.

No deseaba moverme de allí. No podía. No me quedaban fuerzas.

Ojalá nadie se diera cuenta de mi presencia y me olvidaran allí. Era la última sesión. No sería tan difícil pasar desapercibida. Soy bastante menudita y me acurruqué todo lo que pude en la butaca. Además, iba vestida de oscuro, como el color de mi alma, solo era una sombra en el granate de la tapicería.

Jamás había llorado tanto con el final de una película, nunca me había sentido tan identificada como cuando ella entró con su marido en aquel bar de jazz, casi por casualidad, y el amor de su vida, al que no veía en años, comenzó a tocar aquellas notas al piano… siete notas desgarradoras. Una melodía bella que los llevó a crear un recuerdo, un flashback imaginario de cómo hubiera sido su vida juntos hasta llegar a ese mismo día.

Hay decisiones, o la ausencia de ellas, que marcan una vida. Entonces no las creemos importantes, pensamos que es lo que debemos hacer, lo más sensato, lo prudente. 

Luego es tarde.

Renuncié un día a lo que más quería pensando que más adelante lo podría recuperar. Jugué a escribir el guion de mi película sin contar con tus sentimientos, como si yo fuera la única protagonista, te remitía a la espera dándote migajas de mí para alimentarte. Tú lo aceptabas, en parte me comprendías. Dios ¡cómo me amabas! 

Yo no me atreví a renunciar a todo por ti, a arriesgar. A reinventarnos una vida juntos. A vivir el sueño que recreábamos en nuestros esporádicos encuentros… creía que había tiempo. Confiaba en que el destino nos facilitara las cosas para unirnos en un futuro. Un futuro que nunca llegaría…

Tu muerte no me dolió. Tu muerte fue la mía también.

Ahora no puedo mirarme al espejo, porque ni siquiera existo. No me reconozco. La parte que quedó de mí es el reflejo de mi sombra, la luz se fue contigo. Ya no existo, no quiero existir. A veces sueño que me voy haciendo más pequeña, cada vez más y más, hasta llegar a ser como un grano de arena y desaparecer. Eso deseo ahora, desintegrarme en esta butaca de cine. Que los que limpien esta noche o mañana me vean como una mancha insignificante, un montoncito de polvo, un poquito de nada.

No puedo olvidar la última vez que hablamos por teléfono. Estabas enfadado conmigo. Me reclamabas que hiciese algo de una vez para poder estar juntos, que la espera se te hacía muy dura, que vernos cada dos o tres meses unas horas no es una relación, no cuando se quiere de esta manera. Yo te decía que me esperases unos años hasta que mis niñas fueran un poco más mayores, que, mientras tanto, tuvieras una vida independiente de mí, que disfrutases, que vivieses otras relaciones si te apetecía, que yo te buscaría cuando estuviese preparada aun a riesgo de que cuando apareciese de nuevo en tu vida ya no quisieras estar conmigo, porque era posible que encontrases a otra mujer que te diese todo lo que yo no podía darte ahora.

Yo creía que ese era el mayor acto de amor que podía ofrecer. Renunciar a ti para que fueses feliz. Renunciar a mi felicidad para que consiguieses la tuya. Pero solo contaba con mi sacrificio, con mi dolor resignado, pero no con lo que tú sentías, aunque yo, en ese momento, pensaba que sí lo hacía.

Te lancé al vacío creyendo que desplegarías tus alas y volarías hacía un nuevo amanecer, pero no me di cuenta de que te habías desprendido de ellas, que me las habías ofrecido, como todo tu cuerpo, como todo tu ser, como todo tú.

Ese día me llamaste desde el bar al acabar una comida con tus compañeros de trabajo. Habías bebido un poco y me dijiste que ibas a beber más. Que querías nublar tu mente para olvidarme un rato, pero el alcohol causó el efecto contrario. Me dijiste entre sollozos mal disimulados lo mucho que me amabas, lo imposible que te resultaba iniciar una relación sincera con alguien, porque siempre estaba yo, que no podías imaginar otra vida en la que no estuviese, que no necesitabas nada más que mis besos, mis caricias y el olor de mi piel…

Yo estaba en casa escuchando tu desgarradora declaración de amor cuando llegó mi marido. 

Te colgué de golpe sin decirte nada. Cambié tus palabras y tus lágrimas por mi silencio y mi cobardía. Él me dio un beso en los labios y tú, a mil kilómetros, mordías de rabia los tuyos.

En los tres días que sucedieron a esa conversación no supe nada de ti. Al principio pensé que estabas tan cabreado que preferías no hablar conmigo, ni siquiera por mensajes en el móvil. Luego presentí algo, como un vacío interior, como si un ladrón de órganos me los hubiese robado, uno a uno. Al cuarto día me llamó tu amigo, ese que era nuestro enlace, nuestro cómplice ante cualquier problema que te impidiera comunicarte conmigo. 

Antes de descolgar ya sabía lo que iba a decirme. No quería oírlo, no quería que me confirmase lo que ya intuía, lo que mi alma ya conocía. Pero la realidad superó a lo que imaginaba.

Tu amigo me dijo que después de hablar conmigo, horas más tarde, esa misma madrugada, cogiste el coche para venir a verme, sin dormir, con tu coche viejo que no había pasado la ITV. Condujiste durante horas y justo veinte kilómetros antes de llegar a mi ciudad te saliste de la carreta en el peor sitio posible. Un puente, un escuálido río, y más de treinta metros de caída.

Esa misma mañana salimos mi marido, las niñas y yo muy temprano en dirección a la casita que tenemos en la montaña para pasar el fin de semana. Metros antes de llegar al puente nos pilló un atasco. Enseguida vimos que había habido un accidente. Estaba la policía desviando el tráfico a un solo carril y una grúa enorme estaba elevando en ese momento un coche del fondo del barranco.

Vi tu coche unos instantes, pero no lo reconocí, era un amasijo oscuro de hierro y chatarra. Pasé por tu lado, mi amor. Quizá todavía latía tu corazón y no supe que estabas ahí. No pude acariciar tu frente, no pude evitar que murieses tan solo como te había hecho sentir durante meses… no pude respirar tu último aliento…

Todo es culpa mía. Tú eras mi vida, mi luz, mi ángel… ahora no soy nada, ni nadie.

Esta mañana he venido a tu ciudad y he visitado tu tumba. Te juro que hubiese excavado con mis manos para yacer a tu lado por la eternidad que te prometí. Todo pierde la importancia que le daba, se relativiza. No me importa ni mi marido ni mis hijas, aunque sea una atrocidad reconocerlo. Sé que con su padre estarán bien. Yo he dejado de ser, de estar, de sentir.

Todas las lágrimas que no pudieron brotar de mis ojos en el cementerio esta mañana me inundaron la piel esta noche viendo “La La Land”, yo sola en un cine desconocido, en una ciudad desconocida.

Normalmente vivimos ajenos a la muerte, hacemos planes, tomamos decisiones sin pensar que la vida se nos puede truncar en un segundo. Es necesario, supongo, no sé ya lo que es mejor. Solo sé que postergué nuestra felicidad inútilmente, que hipotequé nuestro amor a tan largo plazo, que la muerte nos desahució, sin previo aviso.

No se escucha ningún ruido por aquí. Creo que he pasado desapercibida. Estoy sola.

Cierro los ojos y te imagino a mi lado, cogidos de la mano viendo una película en esa gran pantalla. Tú me sonríes y dices que me calle porque yo soy muy preguntona y no te dejo en paz, y en la pantalla vemos un flashback imaginario de cómo hubiera sido nuestra vida juntos hasta llegar a este mismo día…

 

Francisco J. Berenguer

Laura

Cuando decidí ser yo misma me surgió el dilema.

¿Quién soy yo, realmente?

Puedo ser cualquiera de mis “yo” declarados; los conocidos, los que se muestran, los que se ocultan… o una mezcla de todos ellos.

¡Joder…! ¿todas las personas son así de complicadas o solo soy yo?

Creo que toda mi vida he estado interpretando personajes, adoptando personalidades y costumbres para intentar encajar donde se suponía que debía estar, lo que debía hacer, lo que debía decir.

¿Cuántas veces en mi vida habrá decidido ese yo, que todavía desconozco, lo que verdaderamente deseaba hacer?

Esta no es mi vida; estoy viviendo la vida de otra mujer, la que vosotros decidisteis que fuera… y lo habéis hecho tan bien… hasta hoy pensaba que eran mis propias decisiones las que me han llevado a este punto y no las vuestras… creí que era libre.

¿Quién soy yo?

¿La chica sonriente del trabajo? ¿La que siempre procura estar de buen rollo y os anima, la que sabe escuchar, la que es positiva, o la que se esfuerza cada mañana en maquillar su alma en el espejo del baño, dibujar una sonrisa que parezca natural e idear algo gracioso que contar cuando coincidimos ante la máquina de café?

Soy la esposa que recibe con un beso a su marido, la de sexo consensuado que, aunque complaciente, está lejos de ser la lujuria desatada del principio. Sexo programado como la comida o como la lavadora, para cumplir la función de saciar una necesidad. Minutos de química y hormonas que dejan luego más vacío que plenitud. Pero también soy la mujer que, después de gemir en la cama, se masturba en silencio en el baño, para que ni los niños ni él sospechen, fugitiva de mi propia intimidad, con esa estúpida sensación de culpa, la que me persigue… la que me ahoga.

Soy limpia, ordenada, pragmática, previsora; siempre llevo un pequeño paraguas en el bolso. Y también adoro el caos y me gusta perderme en mis sueños, algunos inconfesables, pero tengo la necesidad de contárselos a alguien, para que ese alguien me cuente los suyos y comprobar que no estoy tan mal de la cabeza. Odio las tareas del hogar, pero me esfuerzo para tener la casa impecable; no sé si porque es lo que se espera de mí, o porque yo lo quiero así.

Daría mi vida por mis hijos, literalmente y, sin embargo, a veces me gustaría perderme y pensar que no existen. No me gusta el machismo primitivo ni el feminismo exagerado de ahora. Adoro ver una pareja de abuelitos que se han amado toda una vida y admiro el valor de las mujeres que sacrifican su matrimonio por huir de una pesadilla o perseguir un sueño.

Me gusta sentirme hermosa y deseada, pero me pongo muy nerviosa cuando un hombre me mira y mantiene su mirada. Ya no creo en el amor ese de las películas y, al mismo tiempo, deseo vivir una increíble historia de amor y pasión desmedida; tengo ganas de cometer locuras y que las cometan por mí.

¿Quién soy? ¿la que escribe y profundiza en este diario o la que iba a misa los domingos de antaño? ¿la que se siente atraída por los hombres o la que se sorprende imaginando una aventura con alguna mujer?

Todos tenemos nuestros demonios y nuestros ángeles dormidos. Y hoy, que he decidido ser yo misma, no sé a quién despertar primero…

 

Francisco J. Berenguer

Ángela

No me pidas que te olvide.

No pretendas que deje de quererte, o que te odie.

Todavía no sabes cómo funciona esto ¿verdad?

Solo dime una cosa… mírame a los ojos y dime que no me quieres.

Entonces desapareceré de tu vida por completo, pero dímelo. Dímelo con la mirada, que pueda leerlo en tus ojos. Porque otras veces ellos desmienten lo que sale por tu boca.

Haz como Bécquer en su poema: clava en mi pupila tu pupila azul y dime que ya no soy poesía para ti. Necesito sentir que no soy nada, pero sentirlo en el alma, en cada poro de mi piel, quiero que me mires y que no haya ni una pizca de deseo en la mirada, que tus ojos no me hablen y me sonrían y me digan lo contrario. Solo así podré reunir las fuerzas para alejarme de ti.

No me mientas, por favor, no me mientas más. ¿No te das cuenta de que no es necesario? Tus mentiras son cristales rotos en mi vientre, me destrozan por dentro, me atraviesan, me desangran. No menosprecies mi inteligencia, el que te siga la corriente no significa que me hayas engañado. A veces te comportas como una niña, una niña caprichosa, mimada… y egoísta.

¿Crees que si no te amara tanto seguiría aquí aguantando tus dudas, tus indecisiones, tus idas y venidas? ¿Crees que seguiría humillándome para mendigar un poco de tu atención y conformarme con las migajas que me das, las que te sobran?

Nunca lo entenderás, lo sé.

¿En qué me has convertido? ¿En qué me has convertido para ti? ¿Soy una conquista más, un trofeo? ¿Otra mujer reprimida a la que has sacado de su particular armario?

Creo que solo te gusta el juego del cortejo, conquistar lo difícil, utilizar todos tus encantos para tenernos entregadas a ti, y cuando lo consigues, simplemente, buscas otro objetivo. Porque es eso lo que pasa ¿verdad? Has perdido el interés por mí porque tienes a otra en el punto de mira. Ten la dignidad y el valor de decírmelo a la cara. No busques lo fácil.

¿Te acuerdas cuando nos conocimos, en aquella ridícula despedida de soltera en la que coincidimos? Nos pusimos ciegas de mojitos y de poner verdes a los hombres, más que el color de la hierbabuena de nuestros vasos. Precisamente criticamos la falsedad, las mentiras, la tendencia a la infidelidad que tienen ellos y decíamos, brindando entre risas ebrias, que nosotras somos muy distintas en eso, que somos más verdad con respecto al amor.

¡Por nosotras, de un trago…!

Acabamos en tu coche viendo amanecer. Me convenciste de que no cogiera un taxi para ir a casa de mi novio y que, con un rato que estuviésemos charlando, se te pasaría el efecto del alcohol, lo suficiente para poder conducir. Fue entonces cuando me besaste, el primer beso… de esa manera… que sentí de una mujer.

No puedo decir que no lo esperaba. Durante toda la noche había estado recibiendo señales, aunque quizá, los mojitos las atenuaban y no terminaba de procesarlas. Las miradas, las caricias descuidadas, tus labios cuando se acercaban a hablarme al oído para que pudiese escucharte con esa música tan fuerte. Nunca me había sentido atraída por una mujer, es cierto, pero según pasaban las horas cada vez me sentía más a gusto contigo y notaba que, de alguna manera, yo también te gustaba.

Vinimos aquí, a tu casa, de donde hoy pretendes que me vaya. Nos desnudamos con prisa, casi con urgencia, entre besos, mordiscos y caricias. Fue lo más excitante que había sentido hasta el momento. Entonces paraste ¿recuerdas? Te alejaste unos metros de la cama donde suspiraba de deseo y me dijiste que era para contemplar lo más bello que habías visto nunca, que querías dejarlo marcado en tu retina, tatuarlo en tu cerebro, que mi cuerpo era la más sublime expresión de la naturaleza hecho mujer. Creo que en ese momento comencé a enamorarme, o ya lo había hecho antes, no sé… malditos mojitos, maldita hierbabuena, maldita belleza, la tuya, que me cautivó a mí también.

Volviste a la cama, lentamente, y me hiciste el amor de la forma más dulce y sensual del mundo, como tan solo dos mujeres pueden hacerlo. Mi inexperiencia era notable, me sentía tan torpe al principio, pero tú supiste hacerme sentir cómoda enseguida. Tus ojos, tu mirada, tu voz. Tus manos guiaron las mías. Tu lengua se deslizó por todos las curvas y pliegues de mi cuerpo, desde mi cuello hasta lo más íntimo. Allí te recreaste marcando el tempo, la cadencia precisa en cada momento, a veces suave y delicada, y otras con la presión y el ritmo adecuado a la tensión de mis músculos. Me derretí en tu boca de una manera tan intensa que creí que todos los fluidos habían escapado de mi cuerpo y se repartían entre tu cara y las sábanas… fue el mejor orgasmo de mi vida.

Ese mismo día, cuando volvió a caer la noche, después de interminables horas de placer, me dijiste que habías encontrado lo que siempre habías estado buscando. Que yo era el por qué, la causa, la razón por la que habías venido al mundo, el sentido de tu vida.

¿A cuántas le habrás dicho lo mismo antes? ¿A cuántas se lo dirás después?

¿Y sabes? Me enamoré de ti en estos meses, no por la belleza de tu cuerpo o esos ojos azules tan expresivos, ni siquiera por tu destreza en el sexo. Me enamoré de ti por lo que tienes dentro, por lo que eres y lo que tú misma te niegas a ver. Me enamoré del ser que habita en ti. Por eso tú, que, seguramente, solo me has visto como un cuerpo bonito, te resulta fácil reemplazarme por otro. Pero no me pidas lo mismo, el amor no se acaba en el instante que te pueda convenir, a veces ni siquiera acaba.

Por eso te digo, mírame y dime que no me quieres ya, que pueda ver la sinceridad y la certeza en tus ojos. Entonces me iré, te lo prometo.

El amor debe hacernos libres, disfrutar de la vida y lo que nos ofrece, nunca hacernos esclavos de nadie. Pero yo me encadenaría a ti eternamente, es lo que tú no puedes entender. Creía que amar era cosa de dos, pero siempre es uno mismo el que ama, el que siente, con independencia del otro… la soledad es el precio a pagar por la concesión de nuestra conciencia de ser…

Francisco J. Berenguer

Virginia

Me siento invisible, o al menos transparente, en ocasiones.

A veces es divertido, curioso. Otras veces es como si estuvieras muerta.

Existimos en relación a lo que nos rodea, la percepción de una misma se distorsiona cuando alguien te mira o te toca o, simplemente, te ignora.

Mi marido hace tiempo que no me ve. Ni me escucha cuando le hablo, debe ser el tema este de la invisibilidad, las cuerdas vocales se desmaterializan. Sé que desde hace tiempo no soy nadie para él y poco a poco he ido desapareciendo en su retina.

Lo malo es que me impregno de esa sensación y se vuelve real, tangible… o intangible en mi caso, en el día a día.

Por la calle hay gente que se roza conmigo y es como si me atravesaran, nadie me pide disculpas cuando tropiezan y eso que casi se me llevan el hombro del golpe. Tengo que ir pendiente de las personas con las que me cruzo, esquivándolas, haciendo un slalom por la acera. Quien me vea no sé lo que pensará… bueno… no me ven, jajajaja.

Hasta las puertas que se abren automáticamente me ignoran, aunque dé saltos frente al sensor. Tengo que esperar que pase alguien perceptible para colarme al mismo tiempo, como un fantasma novato que todavía no sabe atravesar paredes.

Y en el metro, en el autobús… a la peluquería hace tiempo que no voy, total, ya nadie ve si mis canas ganan terreno al tinte. Y en la pescadería pasan de darme el turno, ha sido un alivio que pusiera esos dispensadores de números de papel. Pero cuando me toca, el pescatero no me entiende cuando le pido que las lubinas las quiero limpias y que me saque los lomos, y me las da tal cual. Estoy aprendiendo a limpiar pescado, es asqueroso, pero qué remedio.

El otro día todo comenzó a cambiar.

Llamaron a la puerta de casa y cuando abrí encontré a un hombre, casi transparente como yo, sonriéndome mientras me pedía prestada azúcar para su café de la mañana. Cuando le pregunté si era un vecino nuevo, me contestó que llevaba viviendo más de un año en el mismo rellano que yo, pero que no me apurase, pasaba siempre desapercibido para los demás desde que su novia lo dejó por alguien más nítido. Que él tampoco me había visto casi nunca.

Nos reímos casi sin eco en nuestros cuerpos translúcidos y entonces, milagrosamente, nos fuimos materializando poco a poco. Comencé a verlo y él a mí. Al principio me dio vergüenza, estaba muy descuidada, pero noté que a él le pasaba lo mismo. Llevaba barba de varios días y el pelo desaliñado, una bata abierta sobre un pijama azul arrugado. Y yo no iba mucho mejor, pero qué importaba. Nos veíamos, incluso nos atrevimos a tocarnos solo con la intención de comprobar que éramos reales y no el sueño de lo que aspirábamos ser.

No hablamos más en ese momento, le di unos sobres de azúcar que tenía en el bolso y él me dio un suave beso en los labios. Me di cuenta porque me pinchó un poco con la barba, ya que yo estaba alucinando tanto que ni lo vi acercarse. Luego se marchó.

Nos vemos muy a menudo. Nos contamos cómo nos sentíamos antes y lo diferente que es ahora. Cómo cambia la vida cuando alguien te importa y cuando ese alguien te tiene en cuenta.

Al fin he podido pintarme las uñas que llevaba tiempo sin arreglar… y lo necesitaba después de tener que limpiar tanto pescado. Me he arreglado el pelo, me he comprado ropa y estreno sonrisa cada día frente al espejo.

Ayer me di cuenta de algo mientras cenaba en casa con mi marido: se está volviendo transparente. Casi no lo veo ahí sentado frente a mí. Apenas lo escucho cuando habla, está comenzando a desaparecer. Y ahora es cuando él me mira y quiere acercarse a mí, pero es tan intangible que no noto sus caricias, me incomoda el mínimo roce con esa imagen difuminada que apenas distingo.

Lo ignoro porque está desapareciendo o desaparece porque lo ignoro. Me da igual, hoy he quedado.

Ojalá cuando vuelva haya desaparecido del todo. No le odio, ni le deseo nada malo. Simplemente quiero que sienta el abandono y la insignificancia plena que me ha hecho sentir durante tantos años.

Qué curiosos son los estados del cuerpo humano. El amor o el desamor tiene el poder de desintegrar a cualquier persona hasta hacerla totalmente invisible… y no, no es una sensación agradable.

 

Francisco J. Berenguer

No importa, soy yo

Nadie es lo que cree ser
aunque se construya día a día.
Ya no quiero pagar más rondas
ni que me invitéis una vez más
que cada uno enjuague su culpa
que cada uno aclare sus trapos.
Compartir penas no siempre ayuda
no me alivia cargar con las vuestras
y no espero que soportéis las mías.
Estamos más solos de lo que pensamos
somos islas de hueso y carne
y no soy más que un renglón torcido
en tu cuaderno de poemas amargos.

 

Francisco J. Berenguer

María

A veces es como despertar una mañana y ser consciente de que has soñado, pero no recuerdas el sueño.

Me da miedo dormir, porque sé que un día me olvidaré de mí.

No somos más que recuerdos, débiles retazos mentales del pasado.

Comenzó siendo gracioso ¿recuerdas?

Al principio lo es. Pequeños despistes, equivocaciones al hablar, repetir lo dicho como si fuera la primera vez y quedarte parada con cara de boba en un eterno déjà vu.

Una misma se da cuenta y sonríe sin darle importancia.

Luego llega el miedo, el no querer reconocer la enfermedad. Y un día intentas volver a casa y no recuerdas dónde vives…

La genética y la edad juegan en mi contra. Ya sabes por qué no quise tener niños. No quiero perpetuar en nadie más los errores de mi naturaleza. A menudo echo de menos los hijos que no tuvimos ¿eso puede ser? ¿añorar algo que nunca se ha conocido?

Tú siempre me apoyaste en todo. Yo sé que querías haber tenido descendencia, pero no influiste en mis decisiones, me respetaste siempre… joder ¡cuánto te quiero!

¿Sabes? Lo que más duele es que en algún momento te convertirás en un extraño para mí… no te reconoceré… es horrible… me duele en lo más profundo del pecho solo de pensarlo.

¿Y tú? ¿cómo te sentirás, mi amor, cuando olvide tu nombre? ¿Cuándo apenas reconozca tu rostro y te pregunte quién eres? ¿Cuándo tengas que ponerme esos horribles pañales para adultos y lavarme? ¿Cuándo mi mirada perdida en la tuya no comprenda todo el amor que habita en tus ojos? ¿Cómo te sentirás, dime?

Ojalá tuviera el valor suficiente para evitarte esa tortura, amor mío. Continúo viviendo porque estar un minuto contigo vale por una vida. Quiero sentir, mientras pueda, el sabor de tus besos, tus caricias, el calor de tu cuerpo junto al mío… o dentro de mí. Deseo escuchar la música de tu voz grave y profunda, ver la luz en esos ojos que sonríen, creerme tu optimismo y disfrazar de inútil esperanza la espera.

Eres la vida que me quedará cuando mi vida se apague.

Por eso quiero sentir cada momento que me quede. Quisiera permanecer abrazada a ti y que el tiempo se detuviera. Porque es el tiempo nuestro mayor enemigo cuando se inicia una cuenta atrás, cada segundo es un latido menos, es un paso que me adentra en esa densa niebla de la que no sabré regresar jamás.

Me siento afortunada al haber coincidido contigo en este mundo, porque a través de tu mirada recuperó el color que un día perdió para mí. Me hiciste sentir la mujer más maravillosa y excepcional de la Tierra. Me enamoré de ti casi sin notarlo, sin plantearme nada, fluyó como algo natural, inevitable; como si tú y yo nos estuviésemos esperando en la puerta de ese restaurante que nos refugiaba de la lluvia; como si estuviese planeado que tu cita y la mía fallasen aquel día. Todo fue tan casual, tan inocente, tan perfecto; como el guion de una película romántica… que ahora llega a su final.

No me digas nada cuando leas esto, por favor. Guárdate la carta y sigamos como si nada. Resérvala para cuando ya no sea yo junto con ese puñado de fotos que están en el sobre.

Recuérdame así, sonriendo, con las ganas de vivir y de viajar a esos países que nunca iremos. Recuérdame despeinada y con el pijama ese de Pluto que no te gusta.

Dices que cuando duermo tengo carita de ángel, recuérdame entonces así cuando llegue mi noche eterna.

Siempre te amaré.

 

Francisco J. Berenguer

En do menor

Vives preso de tus errores y tus vicios

siempre hay alguien que te los recuerda

Por tu bien

Saben leerte en los posos de tu café

Sus juicios alimentan su poder sobre ti

te reducen

te empobrecen

te simplifican

Eres una semifusa en la partitura del gran concierto

una insignificante octava de segundo

que hasta el oboe ignora

Me has vomitado la vida encima

no te extrañe que me cambie de ropa.

 

Francisco J. Berenguer

Silvia

Mamá, tienes el mar en los ojos.

Ojalá, mi niña, hubieras elegido otro vientre donde nacer. Yo no puedo ofrecerte nada más de lo que ves, y lo que ves, es bien poco.

No me explico como un ser tan maravilloso como tú eligió un día mi útero maltrecho, este cuerpo desquiciado por el alcohol y las drogas, de sexo sucio y apresurado en los baños de bares infectos ofrecido a cambio de una sonrisa bonita, por la promesa de un sueño o tan solo por una dosis.

Ni siquiera puedo darte un padre porque, entonces, los días se mezclaban con las noches, y en las noches se sucedían las caras borrosas, sudores de cuerpos diferentes que se movían al mismo ritmo en la pista o sobre mí, aunque la música hubiese dejado ya de sonar. Y me odiaba cuando me sorprendía algún amanecer, cuando, entre guiños de esos ojos que huían del sol y la resaca que me golpeaba la cabeza por dentro, recordaba quien era y lo que un día quise ser…

Todavía recuerdas cuando te llevé a la playa ¿verdad? Cuando te metí en el agua en mis brazos y tú temblabas y reías nerviosa al mismo tiempo. Al final fue un día feliz, pero mi plan era otro. Ese día pretendí acabar con todo nuestro sufrimiento, con nuestras vidas, la tuya y la mía, amor mío. Sumergí tu cabeza con la más terrible de las intenciones, pero cuando noté cómo tus manitas se separaban de mi cuerpo y las elevabas por encima de la línea de la superficie, cuando vi tu mano blanquita emerger del mar, con los dedos estirados, pidiéndome que te ayudara, que te dejara vivir, no pude hacer otra cosa más que tirar de ti hacia arriba. Fueron unos eternos segundos donde el tiempo transcurría lento y espeso, como a cámara lenta, donde mis demonios perdieron la batalla y tú reclamaste la vida que te pertenecía, una vida que nada ni nadie posee el derecho de arrebatar, y volviste a respirar…

Me miraste con esos ojos tuyos, tan grandes y azules, que no sabían si reír o llorar y en ese momento supe que nunca me iba a separar de ti. No me preguntaste nada, pero yo te dije que lo había hecho para que el mar se metiera por tus ojos y los llenara de lágrimas por dentro, porque las lágrimas se agotan o se secan si no se usan, y llorar sin lágrimas es más amargo y no consuela. Al rato, cuando tomabas el sol en tu sillita de playa, me miraste y con esa expresión que pones cuando entiendes algo nuevo del mundo que te rodea, me comunicaste tu descubrimiento: ¡por eso saben a sal…!

Eres mi ángel, tú todavía no lo sabes, pero me salvaste de mi propia miseria, la que yo iba acumulando en mi vida, bolsas de basura repletas de desengaños, frustraciones y adicciones que matan. Yo no te quería. No te quise cuando estabas en mi barriga y los médicos me obligaron a mantenerte allí porque ya era demasiado tarde y peligroso para abortar. No te quise cuando escuché tu primer llanto al nacer, yo estaba con el mono y tú solo me causabas dolor. No te di pecho porque mis tetas tampoco querían saber nada de ti. No te quise cuando te vi en la incubadora luchando por tu vida, deseé que no lo consiguieras. Y menos aún te quise cuando los médicos me dijeron que no ibas a poder andar nunca, que tus piernas y caderas estaban dañadas.

Cuando mi madre nos acogió en su casa, ella te cuidaba, te cambiaba, te daba de comer. Yo solo te miraba de lejos y me ponía los cascos con la música a tope para no oírte llorar. Perdóname, vida mía, no era yo entonces, no sé quién demonios era.

Recuerdo que fue un día de final de septiembre cuando comencé a quererte. Estabas atada en la silla esa y puesta en la mesa. Estábamos comiendo. Tú con una cuchara amarilla de plástico te apañabas muy bien comiéndote solita un puré que te había hecho la abuela, y yo frente a ti, con unas patatas fritas y un filete empanado. Eras muy pequeña. Me mirabas continuamente y cuando yo te miraba sonreías. Cuando volvía a mirarte me hacías una carita fea, o te manchabas a propósito con la comida.

Fue increíble: eras tú la que me hacías monadas a mí, en lugar de hacértelas yo a ti. Me hiciste reír y entonces tú reíste a carcajadas. Te cogí en brazos y, por primera vez, sentí tu frágil cuerpo tullido latir junto al mío, piel con piel. Te sentí como lo que eres, una parte de mí. Y no solo de mis genes, una parte de mi alma.

Mi vida fue un caos, una auténtica tempestad hasta que apareciste tú, y tras una tormenta el mar devuelve a la orilla restos de naufragios olvidados; trozos de cuerda deshilachada donde antes hubo un nudo que parecía imposible deshacer; retales de una vela que soportó, estoica, toda clase de vientos; un pedazo de timón que un día perdió su rumbo… pero también trae tesoros. Y aunque al principio no parecen valiosos porque no brillan, porque están cubiertos de óxido y arena, solo se necesita un poco de paciencia para reconocerlos entre las algas de la playa o entre la maraña espesa de tu complicada existencia.

Yo te encontré a ti ese día, durante aquella comida, antes apenas era consciente de que existías y me odio por ello, pues no supe apreciarte hasta años más tarde, cuando un milagro no dejó que la desesperación nos ahogara. Eres el mayor tesoro que encontré después de mi tormenta. Y, aunque sé que no siempre tras ella viene la calma, que tan solo puede ser una pausa para la siguiente, un respiro para volver a estallar, navegaré valiente contigo a cualquier lugar donde el fluir de la vida tenga a bien llevarnos.

Sé que volarás, porque el metal de tu silla no es capaz de aprisionar tus alas, ni tus ganas de vivir y de superar todos los retos que se interpongan en tu camino. Y yo te esperaré en la orilla, donde las olas besan la arena y me recargaré de lágrimas.

Me entristece ver cómo te acercas con dificultad en esa sillita de ruedas adaptada a tu tamaño, pero enseguida me haces la mujer más feliz de la tierra cuando contemplo tu sonrisa, y me emociona ver tu entereza y la alegría que traspasa tu corazón.

Me miras y me dices que tengo el mar en los ojos… entonces los cierro y dejo que se desborde.

Francisco J. Berenguer

Así de simple

 

Deja que la vida fluya, me decían.

Me costó comprender el verdadero significado que ocultaban aquellas cinco palabras, es más, creo que la mayoría de los que me regalaban ese consejo como dogma sabio y divino, en una caja de cartón reciclado envuelta en brillante papel dorado, ni siquiera conocían el contenido de su presente. Tampoco los culpo, ni los juzgo ni los condeno por ello, simplemente heredaron esa frase de otros labios, de otra mirada experimentada y curtida por los infortunios de la vida que se creía capacitada para hacerte ver la gran verdad, su versión de la verdad.

Todos tenemos nuestra versión, es cierto. Eso me hace estar aun más de acuerdo en eso que dicen de que el ser humano no quiere conocer la verdad, prefiere sentirse cómodo con lo que decide creer. Adoptamos ideas ajenas como propias, le damos cobijo en nuestra mente, las volvemos a configurar a nuestra imagen y semejanza, y adaptamos nuestra forma de vivir y pensar en torno a ellas. Y no queremos saber nada más. Y en cierta manera es lógico ¿qué más se puede pedir de unos mamíferos arrogantes que se creen el centro del universo y al mismo tiempo son tan básicos y prisioneros de sus instintos animales, lo cual se empeñan en disfrazar y humanizar? Seres que emplean gran parte de su vida en buscar líderes, dioses y destinos que guíen sus vidas para que los protejan y decidan por ellos… huérfanos de nacimiento que buscan desesperadamente un útero para que los vuelva a cobijar.

Seguramente la etapa mas placentera del ser humano es la que ocupaba dentro del vientre de su madre. Es la zona de confort por excelencia y donde siempre pretendemos volver a estar. No literal y físicamente, sería imposible y abominable, lo que buscamos es la protección de un sistema o un gobierno para que nos abastezca y decida por nosotros, elegimos representantes y los convertimos en madres adoptivas donde depositamos la confianza de nuestro voto, nos intentamos rodear siempre de un cerco protector y nos refugiamos en su interior rodeado de personas con nuestros mismos ideales, creencias religiosas, aficiones o vicios. Pertenecemos a familias, clanes, asociaciones, sindicatos, partidos políticos, peñas gastronómicas, gremios, religiones, equipos, grupos de WhatsApp… somos miembros de organizaciones jerarquizadas y, normalmente, excluyentes. Necesitamos sentirnos seguros y rodeados de gente afín, y que un útero gigantesco y artificial nos abastezca, nos calme, nos evite tomar ciertas decisiones y hacer actos desagradables, aunque eso suponga perder algo de nuestra independencia e, incluso, de nuestra integridad. Luego ya existen los bares y las redes sociales para quejarse de tu gobierno, tu sindicato o del presidente de tu comunidad de vecinos. Suele ser más fácil criticar una decisión que tomarla.

Deja que la vida fluya, me decían.

Y ellos pretendían decirme que me dejase llevar por la corriente de su cauce. Que todo llega a su debido tiempo y que ese tiempo es el que pone a cada cosa o persona en su lugar. Que si no consigues algo es porque no era para ti, que no sirve de nada enfrentarse al destino, que tus decisiones poco influyen en la gran trama del río de la vida.

Y el río baja repleto de almas tranquilas, serenas y resignadas a su suerte. Y no pretendo decir que no sean felices o lo hayan sido o lo serán. Todo lo contrario ¿qué mayor felicidad la que te proporciona el no sentirte responsable de las decisiones que tomas o las que no tomas pensando que es el destino el que actúa por ti? No me gusta pensar que mi vida está escrita de antemano, aunque crea que decido, aunque me crea libre. El destino no existe, no puede, no debe existir.

Vamos a ver: un hombre está dando brazadas desesperado en medio del mar y tu estás cerca de él en una barca con un salvavidas, ¿qué haces? ¿te quedas mirando a ver si es capaz de alcanzar la barca para no ahogarse? Si la alcanza es porque era su destino salvarse, si muere es porque tenía que morir. Quizá su destino había hecho que tú estuvieses allí para salvarlo y no para quedarte mirando, o tu propio destino te había llevado hasta él para que conocieras a una persona que iba a ser importante en tu vida. Si lanzas el salvavidas es porque estaba escrito que así fuera, si no lo haces también está bien, pero no porque tú seas un miserable cobarde hijo de puta, y si un tiburón blanco enorme, justo cuando el pobre hombre está alcanzando la barca por sus propios medios y esfuerzos, se lo merienda de un bocado, es el destino del tiburón junto con el de su aperitivo y el tuyo que han fluido en el mismo sentido y dirección, ¡por favor…!

Está claro que la vida fluye y transcurre al margen de nuestros proyectos y decisiones, que no le importamos un carajo, pero tenemos margen, tenemos mucho que aportar, aunque solo sea por ti y los que te rodean.

Este gran río de la vida lo puedes afrontar de distintas formas: puedes dejarte llevar por su fluir aceptando lo que te acercan sus aguas como algo normal e inevitable. Puedes nadar contra corriente hasta darte cuenta, agotado, que tú solo no puedes afrontar todo el caudal que te obliga a cambiar de dirección, a integrarte en lo que debe ser. Puedes quedarte sentado en tu orilla y ver la vida pasar sin tomar ninguna postura e iniciativa. Y también puedes cruzarlo y ver lo que te brinda la otra ribera.

Yo acabé agotado, extenuado de nadar en este fluir de la vida que me aconsejaba ser paciente, prudente, sensato, dejarme llevar. Estuve varias veces tentado de aceptar la comodidad y la paz que me ofrecía, pero seguí dando brazadas hasta que alcancé el margen opuesto y ¿sabéis?

Este lado es exactamente igual al de enfrente, no varía nada. Entonces me di cuenta del verdadero motivo de mi arriesgada travesía. Todo estaba dentro de mí, donde siempre había estado, por primera vez me sentí capaz de hacer realidad lo que antes solo eran pensamientos y proyectos de futuro lleno de condiciones y condicionales, simples y compuestos.

En definitiva, todo es cuestión de actitud. Así que me armé de valor, dejé a un lado todas las frases que me habían dicho sobre que dejase la vida fluir, sobre el tiempo reparador, la comodidad y la protección de la pandilla de amigos, lo de que si el destino no me era propicio, sobre la verdad y sus versiones, cogí el teléfono y por fin me decidí a escribir un mensaje a la que me parecía la chica más hermosa del instituto: ¿Quedamos esta tarde?

 

Francisco J. Berenguer